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domingo, 10 de marzo de 2013

Utopías y desvaríos (23)



Un amigo mío, eterno enamorado él, un día viernes me llama por teléfono a eso de las diez y media de la noche. “¡No puede ser!”, reacciono, antes de contestarle. Pienso: “o le ha pasado algo malo o necesita algo urgente de mí, porque llamarme en la noche, siendo hoy inicio de fin de semana, realmente es sumamente extraño”. Al fin me atrevo a responder, esperando lo peor, cuando de pronto, escucho algo inesperado: “¿Podemos tomar un par de cervezas?” Contrariado, a punto de colapsar por la curiosidad, le digo que no, de inmediato (los que me conocen saben que yo muy poco con el alcohol), pero que me cuente sus pesares, que podía contar conmigo. Entonces me dice que la mujer que ama, a quien nunca pudo acariciar siquiera, menos llevarla a lugares más íntimos, le ha reprochado una acción con dureza, y que se estaba yendo de él, para siempre… En un esfuerzo sobrehumano para complacer en algo sus deseos de embriagarse, le digo que acepto beber con él en otra oportunidad, cualquier día. “Ahora ya sé que podrás tomarte una cerveza con los amigos, ¡en adelante, sí!, a menos que vuelvas atrás y sigas como siempre, tan distante”, le enfatizo. El hombre, sumido en la tristeza, me sustenta su teoría acerca del amor y trata de hacerme reflexionar. Me dice, por ejemplo, que yo nunca me he enamorado de verdad, que por eso no sé lo que es amar, entre otras cosas. Al final, estoy convencido, le creo; sin embargo, deseo ya cortar la conversación, antes de morirme de aburrimiento y de hambre.

Nos despedimos.

Luego de una media hora, rodeado de un montón de grasa, ensalada, ají, gaseosa, etc., mientras devoro una pierna de pollo, pienso: “lo mejor de esta vida, aun sabiendo que la muerte nos acosa con el colesterol y los triglicéridos, sin duda, es comer. También lo es defecar, practicar coito, dormir, ¡y tantas cosas más! En contraste, hay necesidades del cuerpo que satisfacer en soledad. No me imagino ir por las calles con el estómago revuelto debido a la ingesta de carne o frijoles, con la media naranja a lado, involucrados ambos en un concierto de flatulencias; tampoco creo que los sudores, mal aliento, cabello despeinado, mal humor, ronquidos, etc., sean soportables toda una vida, por amor…” A punto de hilvanar un nítido y sonoro regüeldo, mis ojos se desorbitan de pavor y vergüenza. La razón: una mujer guapa, rubia, voluptuosa, ha pasado medio metro delante de mí, embriagándome con un aroma de flores; la veo eternamente bella, sin defectos, inasible…, mientras que yo, obeso, grasiento, dejo de comer y trato de engullir las papas fritas que me han hinchado la cara. Finalmente se va la mujer y yo, dudo un instante, mas no claudico ante mis pensamientos primigenios. “Son como yo en el tiempo”, me convenzo, finalmente.

A estas alturas de la noche, o madrugada, que sé yo, he llegado a la siguiente conclusión: “mi amigo es un héroe”. O “cojudo”, por perseguir una consumación que jamás va a palpar.

(M.V.)

Utopías y desvaríos (22)



Uno. El cielo se ha involucrado con mi cabeza, sin duda, por eso estoy cerca de las estrellas, mirando esta atmósfera irrespirable. A mi alrededor, los astros me asfixian de inmensidad. Pienso: “si el planeta de dónde vengo cabe en mi mano, y si yo soy casi nada para esta inmensidad que me rodea, entonces, esos humanos microscópicos que tratan de hacerse notar, seguro que equivalen a las bacterias que hay en un escupitajo mío”.

Dos. Un loco de la calle, el otro día se me acercó para decirme: “No me gustan los niños. Son gritones y caprichosos, se orinan, cagan, lloran, se despiertan a media noche, vomitan y eructan. Además, qué crueles los padres, a veces sin tener cómo, por el goce de procrear y sin prever el futuro, los traen a este mundo tan poco afable. Es decir, un niño que nace, crecerá expuesto a guerras, violadores, miles de enfermedades, desastres, curas ―en esta parte, el loco me aclaró que sólo se refería a los pederastas que ya mencionó el papa renunciante―.” Ante tales palabras de este pobre desquiciado, yo le dije que cómo podría saber si le gustan los niños, ¿o acaso él los había comido ya? Y además, le increpé acerca de su niñez, quizás fea, macabra. ―Pobre loco, pienso ahora, con esa cara tan horrible seguro que habrá tenido una niñez horripilante. ― Cuando ya me estuve yendo, este inusual loco me detuvo un poco más. Así me dijo: “Sé que piensas que estoy loco. Seré loco, pero te coloco. Sobre los niños: ¡no me gustan! Lo que más detesto de ellos, es que muerden dedo, ¡son antropófagos los malditos!” Por miedo a terminar agredido, me fui corriendo, de inmediato. Pienso en mi hijo de doce años y me convenzo de que el loco estaba equivocado.

Tres. He encontrado una forma legal de ganar harto dinero. Aquí les doy los pasos para quienes se atrevan. 1. Primero hay que liberarse de toda conciencia y ser arriesgados. Por nada se debe pensar en la repercusión que pueda generar nuestras acciones. 2. Si la gente quiere mier…, hay que darle mier… Nada es más enriquecedor que satisfacer a tanto coprófago andante, sin duda. 3. Piense en algo que haga daño y que sea legal. Cigarrillos, licores, cerveza, burdeles, discotecas, videojuegos, programas de tv de espectáculos y de competencias absurdas, entre otros, componen algunos insumos e ideas innovadoras para hacer buenos negocios. Esta última premisa, sin duda, es la más fundamental de las tres mencionadas. Ya sabe amigo, sea un hombre exitoso y rico: lo logrará despojándose de su conciencia, con mucha alienación y siempre que esté dispuesto a todo. Anímese, no le será difícil con estas leyes tolerantes, ni tampoco le costará mucho soborno.

Cuatro. Leí en un diario local el otro día, acerca de la publicación de un libro. Decía la nota, que este trabajo había tenido buenos comentarios en las redes sociales y que era indispensable, etc., etc. Yo me pregunto, ¿será que los amigos que recogen la información están llenos de talento y son tan creativos para argumentar noticias tan importantes, basadas prácticamente en la nada? , ¿o es que los medios no saben qué información transmitir y ponen en sus páginas cualquier cosa? A este paso, le diré a mi amigo periodista y poeta, conductor de tv y radio, famoso él, que comente sobre mis libros, para mañana tener una portada en todos los diarios. Ya imagino los titulares: “Ingeniero publica libros sobre la Amazonía: y tiene buenos comentarios de sus amigos en el facebook”.

(M.V.)

Utopías y desvaríos (21)



Estarás en mi memoria, por ser:

La noche iluminada de los sueños que persigo. A veces oscura, fría, sin sentido, tétrica…; pero casi siempre luminosa, cálida, de plena hermosura.

El resplandor de la paz, mi paz. Se agrieta y oscurece mi interior con tu silencio, a cada segundo; en cambio, si te escucho, si das alguna muestra de vida, me adelanto a paso seguro, con júbilo.

La motivación pedida que se me escapó con los años, de tanto vivir apresurado. El futuro será lo que tenga que ser, conmigo o sin mí; pero los paisajes que se muestran en el horizonte, el cielo, los ríos, el bosque…, guardan instantes irrepetibles, únicos, que no voy a perderme de sentirlos por nada, menos ahora, en este tiempo que me resulta agradable a cada parpadeo que doy.

La esperanza de vida eterna que siempre me he jactado de ofrecerte, siendo tú quien me la concedes, sin oprobio y con armonía. Lo sabes desde siempre: “que cada segundo / sea eterno”.

La resignación de un ave cuyo vuelo se ha postergado por tiempo indeterminado. Has revoloteado sobre mi cabeza una y mil veces, con y sin esperanza, con cansancio, al borde de la agonía…, pese a mi mal aspecto, maltrato e impasibilidad. Te has postrado de tanto esfuerzo; pero aún no es tarde: el cielo, lo descubro y avizoro, está despejado ahora. ¡Ve!

El artista que ha moldeado el barro del que soy hechura, le ha dado vida con su soplo y hasta lo ha mostrado al mundo, por gusto, para que su arte se haga ternura.

Quien me abre las puertas de la lujuria y me convence de no asustarme.

Cada uno de esos libros que me ausentan de este mundo hostil. No me es arriesgado sumergirme en la sinuosa realidad, si avanzo en adelantadas páginas de ensueño y fantasía; tampoco encuentro límites, ni caminos intransitables, ni fantasmas que me asusten, si al final de mis viajes, siempre tengo la esperanza de encontrarte. ¡Me basta saber que estás ahí!

El precipicio a donde van mis pesares, la honda caída que destroza mis temores absurdos y los pilares en los que mi soberbia se hace pedazos.

El sol, el aire, el agua, la tierra…, elementos que bien podrían caber únicamente en tus ojos.

El agua que ha de limpiar mi suciedad, siempre que mis desvaríos hagan que mi cuerpo se ensucie donde no deba.

El perdón inherente que fortalece mi cerviz, la necesidad que obra en pro de arruinar toda culpa y la súplica que no he de escuchar más; es decir, mi memoria te guarda, por ser el castigo que me consuela.

Lo que siempre he querido ser, ayer, hoy y mañana, pura bondad, fortaleza inquebrantable, luz, arcoíris, el atardecer que encanta a los ojos, las flores y rosas multicolores que abrigan el canto de las aves, la esperanza de un poeta, la música, la lluvia…, y, en suma, por ser mi inspiración.

Como sea que tengas que ser.

(M.V.)

Utopías y desvaríos (20)



A donde sea que vaya, quienes se cruzan en mi camino, me preguntan “en qué andas”, “dónde trabajas”, o que si tengo familia e hijos, o si le veo a tal o cual persona… Yo les digo que ando “conspirando”, pero la verdad es que me enferma responderles a estos entrometidos, más si son tipos a quienes ni siquiera veo.

Pasa lo mismo cuando respondo por el teléfono. “¿Dónde estás?”, ¿qué estás haciendo?”, son las preguntas indispensables que se supone, debo responder obligado.

Pienso que la gente anda muy insatisfecha de sí misma, de ahí la necesidad de saber qué hacen los demás. Me imagino que a estos súperhumanos les hará bien descubrir si el otro anda desempleado, con muchos hijos, pobre...; pero si no es así, seguro que la bendición y los buenos deseos no se hacen esperar, por supuesto encubiertos en la más grande hipocresía.

Una mañana en la que, junto a unos conocidos y parientes, me encontraba comiendo pescado, se nos acercó un tipo sólo para preguntarnos dónde estábamos trabajando. "Tengo mi chacrita de maíz", le dijo mi amigo, disconforme por la intrusión. "¿En dónde?", todavía preguntó el tarado, mostrando una sonrisa cínica, sospechoso de haber descubierto que le estaban tomando el pelo. Todos en ese instante, nos recontracagamos de la risa, yo más, al ver en ese intruso una barriga más prominente que la mía.

Otro día estuve en un apuro debido a la ingesta de abundante grasa, cuando, empezó a sonar mi teléfono, una y otra vez. Alguien que estaba cerca, se apresuró a entregármelo. "¿Sí?", pregunté. "Hola. ¿Qué estás haciendo?", oí del otro lado. Un poco airado, intrépido, respondí: "¡estoy en el maldito defecario, cagando!" Quien me había llamado, "¡inmoral, cochino!", se apresuró a insultarme, siendo esa persona la única responsable de mis respuestas. Y me cortó, desde luego. O sea, me llaman miles de veces sin ser capaces de especular que ando ocupado y que por eso no respondo, me preguntan qué hago, yo les digo la verdad, ¿y aún así la ofensa es mía?

Si tanto quieren saber de mí, aquellos que quieren saberlo, aclaro, la verdad es que, a veces y exceptuando a quienes aprecio, preferiría no hablar con nadie. Solo, enrumbado con ímpetu díscolo, me desplazo mejor, carente de agonía, embelesado. Solo, es decir, sin charlas estúpidas y carentes de sentido; sin tener que decir lo que no quiera; sin nadie que realmente joda la paciencia...

Tomando en cuenta mi percepción del mundo, la conclusión final a la que he llagado, es esta: "estoy y no estoy del lado correcto". De este lado, en mi cómodo sitial, los escenarios que alberga mi conciencia, se desbordan de soberbia y perfección. Más allá de mí, están los otros, los que piensan lo mismo que yo desde otro punto de vista (o mejor dicho, de otros escenarios); para ellos, a quienes pretendo enterrar en la humillación, mi palabra es incierta e inútil, como realmente lo es en este espacio habitado lleno de tuertos en el que vivo.

Por mi parte, para terminar, creo que estos humanos infelices, ni se darán por enterado de esta aseveración final. ¡Hecho!

(M.V.)

Utopías y desvaríos (19)


Conozco la historia de un hombre enteramente triste. Viene de un lugar que no conocemos, fuera de esta tierra. Es grande, tanto, que con sus manos puede tocar el cielo.

—¿De dónde has venido? —le pregunté, cuando le vi llegar.
—De antes —me respondió. Pertenezco a una historia.
—Entonces, ¿no eres real?
—Ciertamente, podría no serlo; pero lo soy.
—Si eres real y no lo eres a la vez, pienso, será que no eres humano.

En esta parte me pareció oír una carcajada irónica. Por supuesto no llegué a ver sus dientes, solo recibí sobre mi cabeza, un chorro de una sustancia liquida y contaminada. "Su saliva", imaginé.

—¿Un hombre? —me habló luego— ¿Crees que podría serlo? De todas las criaturas que habitan en las historias por las que he recorrido en mis miles de páginas vividas, te diré, no he visto ser más repudiable, odioso, inconsciente, sucio...
—¡Basta! —intervine.
—...despreciable, soberbio, envidioso...
—¡No sigas, marica!

Logré callarlo, al fin, a tiempo y para su bien: no quiero ni imaginar la golpiza que hubiera sido capaz de darle, por atrevido.

El gigante se agazapó entre sus rodillas, lentamente, hasta ocultar su cabeza, que era como una montaña.

—No tengo mundo, estoy solo —dijo para sí, al minuto, sumido en un llanto repentino.
—¡Te me callas, pequeño bastardo! —grité.
—¡Completamente solo! —atronó.

Si hubiese hablado una palabra más, habría empezado a patearle. Yo ya estaba levantado, dispuesto a todo, en posición de ataque. Para su bien, se calló.

—Ustedes los hombres grandes, son creaciones humanas, nada más. Ni piensan por sí mismos —le dije—. Son unos tontos. Se sientan en sus tronos, hablan y hablan, ofrecen cosas, se acicalan, sonríen a todo el mundo, creen tener poder...; sin embargo, cuando están solos, la ridiculez los hace escoria, basura. ¡Mírate, no vales nada!

Iba a decir más frases hirientes, solo que, de entre una nube poco usual, difícil de ver por estos lugares tan alejados de la civilización, uno de mi especie, abanicado de fastuosidad y confort, se adelantó a mi emplazamiento.

—¡Detente! —me detuvo— ¡Arrodíllate ante mí!
—¿Por qué debería hacerlo? ¡No! —me rehusé.
—¿Ves todo lo que llevo encima? ¿Lo ves?
—Llevas ropa y objetos brillantes; pero apestas.
—Es el precio de todo este lujo, tonto.
—A las justas puedo ver tus ojos, el resto es basura: veo mucha basura reemplazando a tus órganos.
—¡Cómo te atreves! ¡Tengo mucho poder! ¡Voy a ordenar que vayas preso!
—¿Sí? ¿Bajo qué argumento?
—Inventaré uno. Por ejemplo, por acosar a este humilde gigante que tienes acá a lado.
—¿En serio? ¿Y qué vas a suponer? ¿Dirás acaso que soy quien propició su tristeza?
—¡Exacto! ¡Eso!
—¡Micromegas! —llamé— ¡Micromegas!
—¿Sí? —me respondió el gigante, alertado por sus innumerables sentidos.
—¡Haz lo tuyo!

Y se lo comió, Micromegas comió a esa basura intimidante.

Yo, por mi lado, me recosté avergonzado. El humano que había llegado en su nube, uno de los innumerables que se aparecieron en este día, me defraudó como los otros. De nada me sirvió actuar, una y otra vez, el mismo parlamento, ¡siempre el resultado era el mismo!

Los hombres de esta tierra, pienso ahora mismo y se lo hago saber a Micromegas, verdaderamente son estúpidos: ven la grandeza en la basura y a la evidente majestuosidad la maltratan a su antojo.

—Acércate Micromegas, voy a llevarte a donde correspondes, no mereces esto, tú no.

Utopías y desvaríos (18)



Cuentan que en el maravilloso mundo de la realidad, allá donde habitan las aves más extrañas, entre una pequeña quebrada y al límite de una ciudad bastante ruidosa, vivía un pequeño pajarito. A diferencia de las aves vistosas, cuyos colores son intensos, esta era incolora; de su cuerpo, no obstante, aun siendo casi microscópico, resaltaba su cabeza, tan parecida a la de un lindo ratoncito. Pero a él no le gustaba, para nada, a veces incluso se sentía un miserable murciélago, o una rata inmunda. Entonces se ponía a llorar y maldecir su suerte.

Algunos pájaros grandes, por pura maldad, querían violarlo. Innumerables veces huyó de ellos, sobre todo de un pájaro rojo, gordo y comunista, que le tenía un hambre. Un día, cansado de huir de este, decidió resignarse. Levantó la colita, hundió el pico en el suelo, pero de repente…, “¡qué asco!”, escuchó piar a su acosador. Ahí fue que comprendió que tenía un don: apestaba.

Aunque al inicio fue triste su vida, pues sus alitas parecían estar siempre untadas de mierda, lo que le valía gran dificultad para el vuelo, ahora que su don le acababa de salvar la vida, en adelante anduvo orgulloso de su hediondez.

No se supo desde cuándo ni qué día, este pajarito salió de su nido para dirigirse a donde estaban los demás pájaros. Quizás fue luego de volar sobre las montañas, el río y los descampados. Volar, pese a las dificultades, siempre ha sido motivador para un pájaro. Lo fue para este. Enseguida debió regresar inspirado, seguro de sí mismo, dispuesto a conquistar el mundo.

Dicen que lo vieron llegar poseído. “¡Miren!, ¡arriba en el cielo!”, decía el público, desde las ramas de los árboles. “¡Es una mariposa!”, “¡No, una shicapa!”… Las demás aves aguardaban atentas la llegada de este nuevo visitante, que ni bien planeó su entrada, se desplomó sobre un montículo de hojas. De pronto, “¡soy un águila!, ¡soy un águila!”, sorprendió en cuanto pudo incorporarse. Desde el momento en que lo dijo, unos tras otros, los pájaros empezaron a caer al suelo, desequilibrados por el acceso de risa que les provocó ese cacareo apenas perceptible. El pajarito, entonces, aprovechó para dirigirles su mensaje: los iba a gobernar, de todas maneras.

Y lo hizo, por un golpe de suerte llegó al poder. En realidad, le dejaron el camino despejado porque no podían tenerlo cerca, “debido al don que decía poseer”, dijeron los entendidos.

Así sucedió con este pajarito. En la actualidad tiene un trono y es importante. Por otro lado, las noches le son menos amargas, dado a que ya puede comprarse, para sus plumas apestosas, jabones olorosos, perfumes y aceites importados. Aunque muchos digan que es un megalómano, para nada lo es, simplemente el poder no cabe es sus alitas pequeñas, ¡por eso lo abraza tanto!

Por lo rebosante que se le ve, probablemente haya cedido al acoso de sus ahora compinches. Es lo que no se entiende, ¿acaso piensa quedarse en el hábitat común de esos pájaros músicos (violines), teniendo esa cara de ratón y ese irrisorio tamaño? Es lo malo de llegar al poder, uno piensa que todos están cerca por lealtad.

El final que le espera a este osado pajarito, más o menos cuenta así: “Y el pajarito que quiso ser águila, volvió al maravilloso mundo de la realidad incierta que le vio nacer. Volvió, porque cuando su trono empezó a derrumbarse, fue acosado por una bandada de pajarotes despiadados. Fin.”

(M.V.)

Utopías y desvaríos (17)



Recuerdo que en mi niñez, mi padre, siempre buscando despertar en mí algún talento, me hizo aprender algunos poemas. Debía yo tener cinco o seis años el día en que, por primera vez y en una plaza, en el aniversario de la ciudad, empecé: “¡cómo has cambiado pelona…!” Esa noche, los vecinos de mi barrio, aquellos que hasta ahora me ven llegar a la casa de mi madre y se rehúsan a llamarme “ingeniero”, sino más bien que se cagan de la risa cada vez que les digo que lo hagan, por supuesto bajo mi consentimiento, porque en realidad me da igual cómo me llamen, siempre que lo hagan con respeto; esa noche, decía, mis vecinos me vieron recitar, o se pasaron lo voz, no sé; pero uno de ellos, que siempre andaba en su bicicleta de aquí para allá, “cagoncito”, mayor ya, un día que me estaba yendo a la escuela, se paró frente a mí, me agarró del brazo y de inmediato sacó un cuchillo enorme y filudo. “¡Recita!”, me amenazó enseguida. A pesar del miedo, intenté rehusarme. ¡Peor para mí!: el tipo me aseguró que si no lo hacía, me iba a cortar mis bolitas, en ese mismo momento. Entonces yo, hecho un baboso, recité y recité… En adelante, conforme pasaban los meses, incluso años, tuve que esquivar a este verdugo; mientras tanto, en las siguientes semanas, empezó a sentirse insatisfecho con mis poemas, obligándome a memorizar otros. Yo le tenía mucho miedo, por eso siempre andaba con cuidado, aunque no valía la pena evadirlo, puesto que siempre me sorprendía, ¡no sé cómo!, desprevenido.

Mientras me amoldaba a mis “nuevos pasos”, mis vecinos de entonces, es decir, mis amiguitos, ¡más vagos!, que no iban ni a la escuela, hacían su parte también para complicarme la vida. Cada vez que me invitaban a salir, por ejemplo, se esmeraban en dejarme en alguna calle, al descuido, mientras ellos corrían a esconderse. Hasta ahora no entiendo por qué estúpida razón eso me asustaba, si conocía muy bien todo el lugar y era imposible perderme. Otras veces estos apestosos, escondían mis sandalias, porque sabían que mi madre me daba una paliza cada vez que las perdía. ¡Cuántas veces me hicieron eso!

La verdad es que siempre fui bastante introvertido, de una timidez exagerada. Lo era tanto, que una vez, estando yendo en esos microbuses que antes poblaban esta ciudad, cuando el cobrador me pidió que pagara el pasaje, no tuve el valor de hablar ni supe decirle que mi madre lo haría. Otra vez, en la escuela, habiéndose perdido mi cuaderno y yendo este a parar en manos de la profesora, no quise reconocer que era mío. Y es que en ese cuaderno, había escrito un montón de poemas y cartas, dedicadas a una compañerita que me gustaba, la más linda de todas, según mis ojos. La profesora preguntó de quién era, leyó mi nombre incluso; mas yo, firme, dije que no era mío. De lo que más miedo tuve, fue que se pusiera a leer mis escritos, me moría de la vergüenza de solo imaginarlo; pero ella solo me miró con una cara de seducción y burla, y guardó el cuaderno en su bolso, lejos de mí para siempre. Si bien nunca le dije palabra alguna a quien me gustaba, sí tuve reparos en las miles de veces que me masturbé, pensando en que tal vez iba a ir al infierno por eso.

Creía en Dios, en extremo, tanto que cada día oraba con devoción, antes de cada comida y de acostarme, o en ocasiones que fueran necesarias. En mis oraciones, le pedía Dios que hiciera morir al presidente de entonces, por subir de precio todas las cosas, o si estábamos lejos de casa, en otro distrito, rogaba que por favor viniera pronto a llevarnos un vehículo. Y claro, las peticiones más importantes eran en beneficio propio: tener harto dinero para comprarme mucha gaseosa y un montón de golosinas. Mis oraciones me daban paz, seguridad, refugio, y de no haber sido por un amigo de mi padre, que vino a sentarse a nuestra mesa, en un almuerzo, quizás podría haber sido hasta cura. El tipo, mientras oraba con los ojos cerrados, porque yo los mantenía así durante un rezo y quería que todos hicieran lo mismo, cual ave rapaz se prendió de la carne frita que adornaba mi plato, e intentó tragársela de un bocado, pero casi se atora en el intento, poniéndose al descubierto. Dentro de mí, tuve deseos retorcidos, quise matar a ese abusivo por comerse mi carne, solo que me contuve por vergüenza y timidez. Desde esa vez, no he vuelto a orar, por lo menos no de esa forma.

Al entrar en la secundaria, si bien ya nadie me hacía recitar porque crecí y ni loco iba a creer que me cortarían las pelotas, todavía me costaba bastante comunicarme, sobre todo con las mujeres. Una vez, una jovencita de un grado más que yo, tercero, me envío una tarjetita dedicada a mí. Nunca me había pasado algo así, por tanto, me sumí en un estado de abismal letargo. Lo peor fue en los días siguientes: cada vez que pasaba por su lado, me sentía tonto, deforme, infeliz..., por eso, si la veía venir a la distancia, daba la vuelta una cuadra entera, para no cruzarme con ella. En uno de esos días, lo recuerdo bien porque nunca me han gustado los paseos, fuimos cerca a una cascada bastante conocida, donde había un centro de esparcimiento. Ahí estaba con un tío a quien mi padre le sobornaba para que me acompañe siempre en estos casos, cerca de una piscina, viendo a la gente, cuando, de improviso, la vi, la chica de tercero venía en dirección a donde yo estaba. ¡No supe qué hacer! Sin decir palabra alguna, empecé a correr, rápido, mientras que ella iba tras de mí, llamándome por mi nombre. Ni me detuve, ni hice caso a las ordenes de mi tío: sólo anduve sin mirar a nadie, imaginando que todos se reían de mí, hasta llegar a mi casa, en por lo menos dos horas de carrera a toda velocidad.

(M.V.)