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jueves, 18 de abril de 2013

Utopías y desvaríos (30)




El escritor (poeta, ensayista y experto en temas amazónicos) a quien todos conocen y admiran por esta parte del mundo, el otro día me dio una lección de cómo debe actuar un hombre que “trasciende”.

Si yo quiero serlo, según lo que le entendí, debo ser:

Ante todo, DESCONSIDERADO. Siguiendo su ejemplo, ningún amigo, por más que invierta su dinero en mí y sea “entrañable”, merece que lo mencione. Suficiente con que mi iluminada presencia, ¡la que realmente importa a todos!, en su momento y solo por unos segundos, le permita asomar su oscurecida cabeza.

EGOCÉNTRICO. Yo, por sobre todo. Es importante anunciarme a mí mismo. ¡Soy el escritor del siglo!, ¡del milenio!, ¡de todos los tiempos!, ¡del universo!

PRESUNTUOSO. Una publicación mía, unas palabras o incluso un gesto, podrían tener enorme influencia en las ventas de un escritor de poca monta, así que debo cuidarme de no malograr mi bien ganada reputación comentando libros tontos o elogiando a todo aquel que se crea escritor. ¡Es que se escribe y dice tanta cojudez!

SABIHONDO. Para impresionar a toda esa sarta de ignorantes que suelen ir a las presentaciones de libros, tengo que hablarles de autores extranjeros, con detalle, aun sin saber los idiomas de estos. Cuanto más difícil sean los nombres, seguro que dirán “¡qué inteligente!, ¡cómo sabe!”  Ya después, con esta sobrenatural inteligencia que poseo, buscaré la forma de adentrarme en el tema que me concierna; total, mi público siempre será un auditorio de pseudo-intelectuales, adeptos de mis palabras, sean cuales fuesen.

INDEPENDIENTE. Por un momento creí, al ver el último trabajo de este laureado escritor, que su trascendencia era engañosa; pensé esto al notar en la portada de su libro, el nombre de una editorial totalmente extraña. Luego me fijé en el diseño interior, e igual que los acabados exteriores, la pésima calidad era notoria. “¡Mierda!”, me dije, “¿será que este tipo es un pobre diablo como la mayoría del resto de mortales?” No quise dar crédito a mis ojos, así que tan pronto pude, luego de múltiples cavilaciones, llegué a una conclusión definitiva: su trabajo literario vale tanto como el oro, por eso no ha permitido que ninguna editorial lo publique. Ahora ya sé que los grandes hombres que “trascienden”, se dan el lujo de publicar libros de mala calidad y de poco tiraje (1000).

NARRADOR INCOMPARABLE. Se supone que es lo primero; sin embargo, para alguien que ha trasuntado por el mundo entero y publicado tantas cosas, es pura rutina. Los demás, en cambio, siguiendo su ejemplo, necesitamos marcar la diferencia, es todo. Primero hay que buscar nombres de amigos y hacerlos personajes (acoto que esto me pareció extremadamente inteligente); luego, hay que transformarnos en historiadores: es decir, recurrir a sucesos históricos y centrarse en ellos, con descripción plena, fechas, lugares, etc.; finalmente, no está demás darle un final brusco a la historia y enfrascarse en un debate que alimente nuestro ego. Y es todo, sencillísimo.

Y, siempre haciendo gala de ser un “gran maestro”, no está demás RECOMENDAR a los noveles cómo deben escribir. Si es en público, mejor. Es preciso humillarlos, no fuera que nos sobrepasen en talento y dejemos de reinar. Para este caso, hay que decirles que sus obras son descriptivas, sin que importe que las nuestras lo sean; hay que orientarles a que describan la psicología de los personajes, aun teniendo en nuestras historias protagonistas sin vida. Haciendo esto, la gloria seguirá en nuestras manos.

(M.V.)

Blues


"Blues", cuento corto del autor loretano Miguel Donayre.
                     ---opinión---

Miguel Donayre Pinedo, escritor amazónico del "Ocaso de los delfines", me ha recordado, a través de uno de sus cuentos más logrados, el desastre de la Chachita, la motonave que sobrecargada y flotando a la deriva chocó con una barcaza atada a una ribera del río Marañón. 

En "Blues", apenas hace referencia a este hecho trágico. Solo tres líneas hacen del final uno de los más imperecederos e inolvidables. Relata el ocaso de una vida que perdió el rumbo y la consecuencia. Nada más real en un mundo frustrante como el de hoy, donde es posible encontrar a diario jóvenes desempleados como nuestro personaje, quien cuestiona con desesperanza: "Pero, nada. Carajo, tanto estudiar para nada", que suena como un grito de amargura en el relato.  

Donayre introduce un accidente real y doloroso en esta trama para otorgarle al final visos de autenticidad. El desenlace del cuento está asociado a esta desventura: La Chachita, luego del choque, irremediablemente fue arrastrada por la corriente. Unos 150 pasajeros, sobrevivientes que llegaron a nado a tierra firme o fueron rescatados por los tripulantes de otra embarcación relataron una cifra igual de desaparecidos, confirmada por las autoridades locales, convirtiendo ese episodio en una de las mayores tragedias ocurridas en un naufragio en los ríos navegables amazónicos.

Los despachos noticiosos de entonces refirieron que la embarcación se dirigía de Yurimaguas a Iquitos y trasladaba entre sus pasajeros a estudiantes de agronomía de la Universidad Nacional de la Amazonía, comerciantes, agricultores y residentes en Iquitos, cada uno de ellos seguro portador de sueños, fracasos, luchas y desganos… En nuestro cuento, el personaje se embarcó la funesta noche del crucero.

Es "Blues" un cuento corto de apenas dos páginas. En él encontramos esperanzas perdidas, desamor y olvido. El protagonista es un soñador solitario, peleador de causas perdidas, con profundos y graves dilemas existenciales, desempleado empedernido, con un ansia desesperada por ser el hombre de "La pato", sobrenombre que le dio a la mujer que inalterable lo amaba a pesar de ser un desastre en sí mismo. 

Con tranquilidad pensaba que le iba a pasar, que era una situación momentánea, de esas que suceden en los vaivenes de la existencia. Pero Mirella, su "pato", se cansó un día. Huyó de la monotonía de las conversaciones sordas en que se habían convertido sus pláticas. El amor ya no era el mismo: no había más el fuego, la pasión encendida, los locos ruegos al calor de los cuerpos. No más.

Voló lejos de la constante angustia, del presente sin mañana, de los Bloody Mary para cortar muy temprano los efectos de la noche de tragos. Si llamó, ella hizo poco esfuerzo por contestar. Dio vuelta a la página de una vida sin arraigo en la realidad, evasora del desasosiego casero y cotidiano, hondamente inestable y fútil. Inútil resultaba pretender cambiarlo. Como él decía: estaba jodido. Ya Mirella no estaría para poner el pecho por los dos, para animarlo en esa constante riña con la vida.

Dicen que murió junto a su inseparable perro Chusco en la fatídica travesía de la motonave. Y al remitirnos a la obra, nos llena de melancolía el final de su angustiada vida: "Al entrar a su cuarto, luego de saberse la noticia, solamente encontraron una biblioteca vacía, botellas consumidas y la fotografía de una muchacha dulce y alegre".

(Connie Philipps)//

Ionósfera (5)


RETROSPECTIVAS: CRONOLOGÍA DEL ROCK PERUANO. (PARTE IV)

LA DÉCADA DEL 2000:

En este nuevo siglo el rock nacional experimenta un gran avance, no sólo en el aspecto técnico y musical, sino también en la difusión a través de algunos medios de comunicación local que generan una apertura importante para la difusión del rock nacional y aceptan con un criterio "más integrador" que el rock peruano es uno sólo, dejando de lado los conceptos que en la década de los 80 buscaban convencer al público que sólo el llamado rock comercial que editaban las casas discográficas formales y que difundían las radioemisoras oficiales, podía ser considerado como rock nacional y no así el que se hacía en el mundo independiente o "Underground".


DESCENTRALIZACIÓN DEL ROCK PERUANO:

La escena rockera local, históricamente desarrollada sólo en Lima, empieza a dar igual importancia e impulso a las bandas que provienen de las provincias. Un ejemplo de ello son Grinder y Trémolo de Tacna, el MONO y HechizoS Producciones haciendo conciertos tacneños, Uchpa de Andahuaylas, Por Dinero de Arequipa y Maresantos de Chiclayo, por citar sólo algunas de las que lograron exitosa figuración entre el público de la capital peruana llegando a tener presencia no sólo en los rankings de las radioemisoras "comerciales" de Lima, sino también a nivel internacional a través de la cadena musical MTV.

Paralelamente, un importante sector de jóvenes en todo el país, empieza a saber de la existencia de bandas y artistas que por años, debido a su condición de "subterráneos" o "independientes", jamás han gozado del apoyo de los medios en la difusión masiva de sus trabajos musicales. Es así que bandas como Leusemia, Dolores Delirio, Mar de Copas, Rafo Ráez, Cementerio Club, Cardenales, entre otras, empiezan a "ser re-descubiertos" por miles de jóvenes que advierten la existencia de una escena rockera local mucho más grande y rica en contenido musical, esto en parte es impulsado por los programas radiales independientes que aparecen al iniciarse esa década. Uno de ellos fue "Zona103", conducido por el ex-periodista de noticieros de televisión y músico Juan Carlos Guerrero que se trasmitió entre 1999 y el 2003 desde la radioemisora estatal Radio Nacional del Perú. 

Otro espacio importante para la difusión del rock peruano fue el programa Distorsión en la televisora estatal Tv Perú, era conducido por el ex-músico subterráneo y filósofo Pedro Cornejo Guinassi quien lleva adelante un espacio catalogado por la crítica local como intelectual. Este programa, sería repentinamente sacado del aire cuando las autoridades gubernamentales de entonces deciden declarar al rock como una expresión lejana a la cultura del Perú. Igual suerte correrían en su momento el Zona 2103 de Juan Carlos Guerrero y Averock que se transmitían por la señal estatal; Averock fue también un espacio radial de apoyo al rock peruano que gozó de buena sintonía y que condujo el músico subterráneo Piero Bustos, líder de la emblemática banda de los 80 Del Pueblo, quien encabezó protestas callejeras en contra del gobierno por el veto del que fueron objeto los programas en mención.

Aparece un joven llamado Percy Céspedes, quien ha realizado algunos interesantes trabajos con bandas locales, se convertiría luego en el realizador más solicitado del medio gracias a que sus video-clips le permitirán a algunas bandas peruanas ganar premios en la prestigiosa cadena de música y videos MTV.

Actualmente no existe industria discográfica en el Perú, no existe voluntad de ningún gobierno para acabar con el problema (han pasado 4 gobiernos desde que empezó), los niveles de piratería llegan al 99% y los artistas nacionales reciben cifras casi nulas por sus trabajos… empresas como Sony Music Entertainment, Warner Bros, BMG, abandonaron el país y otras nacionales como Iempsa se declararon en quiebra; pero se crearon disqueras independientes demostrando que el rock nacional sobrevivirá frente a todo tipo de adversidad. (M.D.)

Una Oda Paramnesica


Con amor y aprecio para Luz Mileni Perez Tavara

El cuervo canta hoy su canción.
Se posa sobre la cerca
que divide y separa su cuerpo y su corazón.
Garras de color negro azabache penetran la carne de la madera, 
como diciendo aquí me quedaré por buen tiempo.
Clava su pico de ébano en el indomable sur y 
su negro plumaje acicalado  se confunde con la noche;
y el viento del norte danza sobre su espalda.
Sus ojos denotan hambre, inteligencia, y temor. 
Y al amanecer su graznido interrumpe el sospechoso silencio del amanecer, 
como si buscase vanagloriarse de su reino recientemente adquirido…

Ninguno en paz podrá concebir el sueño esta noche.
La fachada inocente de nieve fresca 
vertida sobre los picos de las montañas del norte
se mezclará con las apetecibles especias
que agitadamente se deslizan de las cuencas del sur.
La unión marcará sus cuerpos y corazones para siempre.
Vivirán por el resto de sus días el uno dentro del otro.
Los aromas de canela y clavo de olor 
encontraran su camino deslizándose lentamente
sobre los picos de recuerdos solitarios.
Lágrimas silenciosamente congeladas caerán sin llamar la atención,
derritiéndose en la calidez de las corrientes sureñas de comienzos imprácticos…

He aquí que el cuervo canta
y se posa sobre la cerca con ansiosa anticipación
Extasiado por los peligros de la existencia,
se rebela en contra del desdichado destino
que lo separa de lo que más ama y desea.
Temeroso de que sus ojos negros no puedan vislumbrar la estocada final del destino,
permanece mucho tiempo mirando fijamente cada gota de lluvia.
Garras de ónix se posarán incómodas sobre la madera partida
hasta que Helios regrese en jubilante triunfo
para con un beso despedirse de Selena."

 //(Wilter Pérez Barrera) 

Utopías y desvaríos (29)



Unas personas que vinieron a visitar esta ciudad, hace unos días, tuvieron el honor y la gran satisfacción de disfrutar de mi compañía. Les di ese lujo sin costo alguno, porque así soy, exagerado en los buenos tratos, obsequioso. Por supuesto que si hubiese sido de otra forma, ni con todo el dinero del mundo habrían alcanzado a pagarme semejante privilegio.

Estas visitas (eran dos mujeres extranjeras, por cierto), a veces inconformes, o asustadas o con ganas de ofender al resto, anduvieron varios días dichosas de cruzarse con paisajes nuevos. De más está decir que cuando yo las abordaba, me miraban siempre con admiración, encandiladas por tenerme cerca; aunque la verdad, a veces me ha parecido que se reían de mi agraciado rostro, incluso he notado que en sus hermosas caras, en algún momento, se leía el siguiente cartel “con esa cara sos un pedo de risa”.

Al punto. Sucedió que alguna persona, mientras tomaban café en el mercado central, les estuvo contando acerca de un suceso extraordinario. Les dijo que una boa gigantesca se había comido un turista, en una laguna muy conocida. Ellas creyeron el cuento, pues esta persona, aseguraba que la noticia había salido en todos los periódicos. “¿Será cierto?”, me preguntaron luego. Yo me recontraexcreté de risa, al punto de sentirme culpable por aquella tragedia, pues, en efecto, un hombre procedente de otro país había desaparecido en esa laguna y nadie aún sabía su paradero. Nada más dijeron ellas, pero al día siguiente me salieron con otro cuento: no había sido una boa sino una sirena la culpable de la desaparición del turista. Y que todos sabían, estaba clarísimo. “¡Imposible!”, me impuse. “¿Por qué imposible?”, me respondieron al instante y casi al unísono. Tras unos segundos de silencio, los suficientes para generarles ansiedad, así les hablé: “Las sirenas sí existen en las profundidades de las lagunas y ríos, solo que nadie las puede ver porque nunca salen a la superficie, menos aún para ir a buscar hombres. O ustedes, si fuese a la inversa, ¿serían capaces de raptar a algún animal acuático con apariencia humana, para buscar el placer únicamente? Ese pobre hombre debió ahogarse, es lo más probable”.

Con la desilusión de un entusiasmo muerto, prestas a decirme “peruano boludo, no jodás la historia, queremos creerla”, vi que se incomodaban un poco. “¿Nadie ha visto a una sirena entonces?”, me preguntó una de ellas. Y yo: “como les dije, no salen a la superficie; sin embargo, conozco la historia de una que sí lo hace. Esta es diferente, muchos ya la han visto. Es bonita, de ojos penetrantes, busto emancipado y labios rojos. Pero el detalle más saltante que la diferencia del resto, es que esta sirena es Down. Sí, padece el síndrome de Down…” No sé qué pasó luego, dos hipótesis tengo: o ellas se fueron de mi lado, molestas por haber visto algún excremento canino que nunca faltan por las calles de esta ciudad, o ambas tuvieron alguna indigestión por haber comido carne silvestre. Sea como fuere, mientras se iban de mi lado, una de las palabras que oí claramente, fue “mierda”, ¿de la que huían?, ¿de la que anhelaban deshacerse? Realmente las vi alejarse sumidas en un gran enfado.

Al día siguiente nos volvimos a ver; esta vez, fuimos a una caída de agua. Mucha gente, naturaleza, aire puro, ¡un lugar que las encantó! Más impresionante les pareció la leyenda del lugar, una que está escrita en un pequeño panel celeste, por lo menos a cincuenta metros antes de llegar. “¡Qué lindo! ¿Y es cierto?”, oí una pregunta. Que una mujer se convierta en una catarata de agua, como cuenta esta leyenda, debe de ser lo más normal en otros países, sino no hubiese duda alguna a semejante absurdo. “No exactamente: en realidad así no fue”, me atreví a decirles. Y a continuación, a insistencia, conté la verdadera historia: “Antes de que existiera todo este lugar, aquí vivía una mujer muy hermosa. Era la hija de quien gobernaba estas tierras, un kuraka (jefe) muy poderoso y temido. No era casta como refiere el texto que leyeron; por el contrario, su apego al goce frisaba lo exagerado. Un día se apareció un varón enorme, fuerte, blanco, o sea un vikingo, y la poseyó con furia, mejor que los otros cientos de eventuales amantes que había tenido hasta entonces. A partir de ese día, no se dejó tocar de nadie más. El padre, en tanto, que la creyó pura hasta verla acompañada de este foráneo, se puso triste y tuvo mucha cólera. “O nos entregas al blanquito y dejas que nos lo comamos, o asumes las consecuencias de tu falta”, le advirtió una última vez. Lo demás ya se sabe: ella se negó y entonces el padre la convirtió en una majestuosa catarata. Así fue.”

Al término de mi relato, tras una meditación sincera, alguna dijo: “quiero un vikingo así”. Obvie el comentario, y así hablé: “La historia que les he contado, no acabó ahí. El vikingo buscó a su amada por la montaña, por las orillas de los ríos, debajo de las rocas, entre las raíces de los árboles… No la volvió a ver. Un día se acercó a la comunidad en donde la conoció, a preguntar por ella, entristecido. No le dieron razón alguna; más bien lo violaron con insistencia, repetidas veces. Más tarde le dijeron “vete, eres libre”; pero él no se fue, se quedó a morir con heroísmo. Dicen que cada vez que le ultrajaban, cerraba los ojos e imaginaba ser la mujer que perdió, para que a través de él no muriera su recuerdo”. Las dejé pensando; yo, en tanto, me regresé a casa. (M.V.)

Utopías y desvaríos (28)



El hombre más audaz e inteligente de esta tierra, a quien tengo el honor de conocer bien, más de lo debido, en este momento me recuerda que debo apresurarme al “vacío”, todo o nada, ahora o nunca… Le estoy mirando de reojo, y sí, le doy la razón; lo hago, porque él es un rey, el cuarto de una generación de reyes poderosos, ¡el que resplandece! Y el lugar a donde me indica ir, me aclara, es la apertura hacia muchos destinos nuevos, inimaginables.

―¿Debo morir, entonces? ―le pregunto, ya sin mirar a ningún lado, con el corazón contraído.
―Tu vida, el cuerpo que posees, este planeta, el universo y todo lo que te rodea, ¡entiéndelo!, no corresponden a la lógica que imaginas. Ni siquiera existes.
―Sin embargo ―me atrevo a contradecirle―, mis manos se agrietan o chamuscan con el frío o el fuego; mi cuerpo, tiembla de miedo ante la oscuridad; mis ojos ven, mis sentidos funcionan, ¡vivo!, ¡existo!
―Existen tus palabras. Tú no.


Fingiendo no verlo, miro en todas direcciones, menos en la que él se encuentra.

―¿A quién te diriges? ¿A nadie?
―Me temo que sí ―me responde, tras unos segundos de meditación.
―“Nadie” es alguien.
―Si pudieras ver, comprenderías ―me dice―. Tus ojos se han adaptado a lo usual, padeces ceguera: no ves, y por tanto no esperes que los demás te vean.
―¡Aquí estoy! ¡Sí puedo ver!
―No estás en ningún lado. Si quieres estarlo, ve, corre, derrúmbate al “vacío”, no te detengas ante los obstáculos, por nada. Vas a vivir el día en que tus pasos, cansados de divagar sin rumbo, se detengan en el espacio más áspero; lo harás, el día en que la sed o el hambre, te martiricen en lenta agonía… ¿Quieres existir? ¡Levántate!, ¡vive! Sabrás que lo estás haciendo cuando disfrutes del verdadero descanso, en donde tenga que ser; sabrás que eres alguien, la hora en que un bocado de comida, o un sorbo de agua, te salven de la muerte.

Pienso, respiro hondo.

―De acuerdo, maestro ―le doy la razón.
―Bien ―me dice por decir, fastidiado―. Inclínate ante mí ahora.


Me postro ante este ser iluminado, con mucha convicción.

―Levántate ya. Ve a conseguir comida y cerveza fría, ¡de inmediato! Aquí estaré esperando tu regreso.

Al cabo de media hora, más o menos, regreso con todo lo indicado. El cuarto rey come sin apuro, se toma toda la cerveza, eructa, bosteza…, y estando saciado, me pide un vehículo para transportarse.

―¿A dónde vas? ―indago
―A buscarme una meretriz y una buena cama.
―Pero…
―Sí, con tu dinero.
―¿Y todo lo que me dijiste acerca de la sed y el hambre? No entiendo nada…
―Todo eso es para ti, que eres joven. Yo, que ya estoy viejo, necesito estar cómodo.

Me extiende la mano. En un acto mecánico, saco uno de los fajos de billetes que llevo en mis bolsillos, porque eso sí, dinero y otras cosas elementales, nunca me han faltado.

Se va.

A los pocos segundos, un mendigo se me acerca, me pide una limosna. Me está diciendo que no ha comido en dos días, que tiene hambre.

Le miro, me mira, está pálido, sucio.

―Ven ―le indico.

Caminamos juntos algunas cuadras, nos detenemos en una calle donde hay varios restaurantes, entramos en uno, la gente nos mira, pido dos platos, se los doy, se los come, se sacia el hambre... Pido agua, se la doy, se la toma, calma su sed...

―Gracias ―me dice.

Salimos de ese lugar, nos separamos sin despedirnos, y aquí estoy de nuevo, donde siempre.

A estas alturas de la tarde, no quiero amargarme con ninguna suposición. Los pseudo-idealistas que pregonan palabras y viven en confort, a expensas de quienes han logrado convencer, francamente, deberían ser fusilados; los mendigos que se detienen en las esquinas a pedir limosnas, en tanto, deberían ser quienes se encarguen de extinguirlos.

―¡Volví! ―escucho de pronto.

A unos metros de mi, detenido bajo un árbol, me hace una seña el cuarto rey; o no, es el mendigo. Me acerco, distingo al rey, al mendigo..., ¡es la misma persona!, ¡me doy cuenta que no los he reconocido antes!

No sé qué más decir, callo, miro al cielo.

En esta agobiante tarde, el sol se ha ensañado con mis ojos, por lo menos desde hace un minuto, tiempo que llevo viéndolo sin pestañear.

“La sed y el aburrimiento me van a matar”, pienso.

(M.V.)

El árbol, visceral deseo de originalidad


PEDRO MANAY SÁENZ, nació en San Antonio de Licupís, Chota, Perú, 1965. Es poeta, narrador, comentarista y crítico de fina percepción estética, pero ante todo maestro de Lengua y Literatura egresado del I.S.P.P. “Sagrado Corazón de Jesús”—Chiclayo. Ha publicado, en poesía: “En busca de un oasis”, “La aurora boreal”, “Un lugar para el corazón”, “Nostalgia”. En narrativa tiene los títulos “La historia de Urano”, “Los monólogos de Ofir”, “El chasqui”, entre otros.


A propósito de la presentación de la novela en Chiclayo este 18 de febrero en la Alianza Francesa
“El árbol” de Miuler Vásquez González



“El árbol”, o el visceral deseo de la originalidad narrativa

Por Pedro Manay Sáenz


Osado e inteligente resulta el planteamiento narrativo de la novela (¿o antinovela?) “El árbol”, del novelista (¿o antinovelista?) Miuler Vásquez González (San Martín, 1982). Si se dice que no debemos perder la capacidad de asombro de la niñez, también habría que decirse que debemos conservar, siempre, la capacidad de experimentación en la creación literaria. Esto último nos lo recuerda, con bizarra decisión, Miuler Vásquez. Hace poco, leí que el autor atento con su lector no le ahorra trabajo. La novela “El árbol” parece adherirse a esta exigente idea. Conversando con Gilbert Delgado (quien obrará de comentarista en mesa en la presentación de “El árbol” en Chiclayo, el 18 de febrero), brotaba la pregunta: ¿se trata de un libro hecho para el lector común o para el estudio especializado? La verdad, yo, hasta este momento, no tengo la respuesta. Talvez, se anime a aclararlo Miuler el 18 de febrero. Su breve nota biográfica indica que, desde hace algunos años, es ingeniero agrónomo; pero, sobre todo, y “desde siempre, ha vivido para la literatura”. Es cierto. Su libro revela largos años de brega en la “bendita manía de narrar”. “El árbol” constituye, a nuestro parecer, un audaz experimento narrativo que nos recuerda la infinidad de posibilidades de la creación literaria y la capacidad desautomatizadora de la Literatura , siempre abierta a nuevas posibilidades.

Alucinación y ambigüedad parecen ser dos rasgos importantes que debemos precisar desde el principio en esta novela. Parte de la audacia del autor consiste, por ejemplo, en demostrar que no hace falta especificar nombres de personajes ni de lugares para construir un relato (en la pág. 92, expresará el fundamento: “porque eso de poner nombres es de humanos poco creativos” -por supuesto, una aseveración personalísima del autor). Miuler asume como desafío literario -síntoma de su encomiable obsesión por lo radicalmente original-: “escribir un relato que nadie pueda resumirlo, extenso, con marcadas variaciones en cada párrafo y sin basarse en los métodos convencionales que el conjunto de los escritores que pueblan la tierra suelen usar” (pág. 56). En este punto, es necesario ordenar nuestro comentario tratando de establecer algunos apartados en función de los hallazgos realizados.

1) Propuesta de una novela distinta: Que se sustenta en el alejamiento de las características convencionales (de la mayoría de las novelas, al menos). Así, se observa: la ausencia de párrafos, el no uso de nombres de personajes ni de lugares; tampoco hay uso de guión mayor de diálogo; se tiene un epílogo que no aparece, precisamente, al final; y se observan las acotaciones en cursiva del narrador omnisciente. Miuler aboga por una creación libérrima, distinta. Leamos a su entusiasmado personaje cuando proclama la creación de un relato “muy meritorio, sin barreras de la índole que fuese, único en su género, capaz de captar la atención de los lectores desde la primera palabra. Eso es lo que percibo, y créeme, lo está logrando” (pág. 56). Es en esa perspectiva que se produce una especie de desdoblamiento del autor y establece una permanente vigilancia de la dicción y la actuación de sus personajes (que, a ratos, adquieren vida propia y se permiten enjuiciarlo también a él). Todo debe apuntar hacia la originalidad total, puesto que hay un rechazo al novelista en el sentido tradicional: “(…) un escritor del tipo… ¿novelista? ¡No lo quiera la humanidad! Tampoco le permitiré -dice el innominado personaje- semejante abominación, de ningún modo, primero me extermino junto a él y exploto, o más fácil: le pego un tiro y silencio sus dedos. Sí, eso haría, y no es una ostentación ni osadía. Lo digo en serio, ¡entiéndeme!, ¿si tú fueras yo, le dejarías que fuese un vulgar novelista? (pág. 56). Hay, en M. Vásquez, la obsesión por diferenciarse, por plantear algo verdaderamente nuevo. Quiere ser innovador radical. No quiere que lo encasillen; mucho menos que lo incluyan en las taxonomías literarias convencionales. “Ésta no es una novela, ni un monólogo, ni nada que se parezca a algún género literario” (pág. 57). Lo que reitera la necesidad urgente en M. Vásquez de romper esquemas, de renovar (característico rasgo de todo artista -incluso científico- joven, como bien lo explica Scott Thorpe, en su libro “Cómo pensar como Einstein”).

2) Seguimiento del relato: La presencia vasta e insólita del árbol marca grandes tramos del libro. Difícil sintetizar su naturaleza y los hechos acaecidos en función a él. Señálese, al menos, que el árbol era una inmensa casa donde todo objeto era de madera, a excepción de la chapa de la puerta. Pero, el árbol pasó por una metamorfosis que, a nivel de relato, adquiere una perspectiva mágico-realista: el árbol iba a ser cortado; pero, el hombre que lo regaba lloró tanto que, el árbol, conmovido por eso, y luego de cierta conversación misteriosa, amaneció convertido en un grande y hermoso castillo de madera. Pero, es necesario preguntarnos, ¿qué tipo de persona es el gran enunciador del relato, el personaje narrador? Tal es una de las ambigüedades del libro. Una hipótesis sería afirmar que el narrador de todas las cosas insólitas y hasta inverosímiles que se presentan es un hombre alucinado. De su mente febril y seguramente maníaca surge una frondosidad de sucesos, de imágenes, de planteamientos hasta filosóficos sobre una variedad de temas esenciales. Parece un Quijote en delirio, un largo túnel onírico, con tramos incluso estrambóticos; pero que no deja de tener un sentido estético sorprendente. El interlocutor es un amigo siempre receptivo, nunca emisor. Al final, luego que el personal médico sube a la camilla al absorbente narrador, se revela que el tal “amigo” sólo es “un muñeco mugroso y cochino” (pág.115). Y queda más claro que nunca que el protagonista es un paciente psiquiátrico y nos obliga a repensar todo lo leído, y a suponer cuánta mezcla de verdad y de ficción -dentro de la misma ficción narrativa- hay en todo lo anterior; nos obliga a preguntarnos: ¿y los reyes?, ¿qué simbolizan los reyes? ¿Serán distintos yoes o máscaras de alguien? ¿Y la reina infiel?: ¿no es, quizá, una alegoría de su propia esposa? Si el objetivo de M. Vásquez ha sido complicarle la vida al lector, creo que lo ha logrado. Y es que, conforme uno va leyendo, casi automáticamente, van surgiendo las preguntas. Terreno ambiguo. Y, cuando crees tener algunas certezas de lo ya leído, el final te vuelve a mover el piso y caes, otra vez, en la incertidumbre. ¿Volver a leer el texto? Si se quiere dilucidar bien las cosas, habría que hacerlo. En todo caso, tarea para el análisis profundo y deductivo de “El árbol”. Lo nuestro es apenas un comentario.

M. Vásquez muestra una visión personal y distinta de las cosas, casi desde la maravillosa óptica del pensamiento infantil. Por ejemplo, cuando leemos: “Bello era el paisaje (…), no el sol. A propósito, el sol parecía una fruta ácida y podrida sometida a mucho calor” (pág. 18). Puede decirse que, en este singular relato, hay incluso algo de la perspicaz ingenuidad (si se me permite la paradoja) del principito de A. de Saint-Exupéry: “¿Me preguntas siquiera por el cabello del Rey, si es oscuro o castaño, escaso o abundante?” (pág. 18). El desbordado relato del extravagante narrador introduce eficazmente al lector en el extraño y sutil universo arbóreo concebido por M. Vásquez. No es exagerado afirmar que, en “El árbol”, se siente, a ratos, un aire garcíamarquesiano, el que corre en “Cien años de soledad”. Tres pequeñas muestras. La primera, cuando habla del primer Rey; escena notable, talentosa, macondina:

“Lidiando con la realidad, conquistó muchas ilusiones, se adhirió a ellas y su cuerpo experimentó cambios que no pudo descifrarlos más que por un leve período; entonces, a pesar de encontrarse con su malsana identidad, reflexionó y no quiso perderse en ese mundo insano que le rodeaba, aunque supo de antemano que no podía cambiar el rumbo del destino, así le daban a entender los grilletes que aprisionaban sus extremidades, también las cadenas, la andrajosa ropa que traía puesta, el excremento nauseabundo y la comida maloliente que nadaba en charcos de vómito. Sabía que iba a morir ahí. Efectivamente, hasta ese momento nadie se había atrevido a separarlo de aquella propiedad con dueño desconocido .Fue en ese periodo precoz de sabia existencia, que el Rey perdió el control por completo, se tambaleó mil veces, oyó las palpitaciones más que nunca y, esquizofrénico, rabioso, mordió las cadenas, se golpeó contra el piso y arrancó cuanto cabello encontró en su cabeza, se desgarró la piel, se mordió los brazos y exclamó con furia que no era humano” (pág. 19-20).

Esta segunda muestra, nos hace evocar la peste del olvido (en la misma obra de García Márquez). También se refiere al primer Rey:
“¿Qué en qué momento había llegado a tal extremo? No lo sabía porque había perdido sus recuerdos” (pág. 20).

Y la tercera muestra nos recuerda a los varios personajes Buendía, que pueden confundir al lector (y que ha sido motivo de esforzadas genealogías). Cito:

“Bueno, se me ocurre, para evitar confusiones con los reyes postreros, llamar al Rey que quiso apropiarse del árbol y murió dentro de él, el Primer Rey; al siguiente, el Segundo Rey, y así seguiré. ¿Estás de acuerdo, amigo? Bien. La estirpe del Segundo Rey era numerosa” (pág. 26).

Una escena importante refiere acerca de la infidelidad de la reina (tema crucial y clave en toda la novela -la infidelidad conyugal-, ¿posible causa o detonante de la demencia del protagonista?). La poliandría de la reina acongoja al príncipe cuya psicología, en tal circunstancia, tiene algo de Hamlet y de Segismundo. A la muerte del primer Rey, el príncipe asume el mando con actitud insospechada.

Puede decirse, en este tramo, que parte del atractivo y magia de este atípico relato se sustenta en una doble perspectiva del narrador: la del adulto analítico y culto, y la del niño silvestre y fabulador.

En las páginas 21 y 22, el tema de las emociones y la sensibilidad (otro tema esencial en “El árbol”, que nos induce a afirmar que estamos ante una novela psicológica) comienza a adquirir gran importancia. Luego, vendrán muchas más alusiones al tema. Una de ellas se refiere a las escenas del niño en su relación conflictiva con el padrastro y con el medio hermano que, al principio, no acepta ni quiere. Después, la escena de la burla que hacen los policías del mismo personaje ya casi adolescente. Es decir que el plano emocional, en esta novela, tiene un valor fundamental, lo que permitiría un análisis psicológico del texto.

Luego de la muerte del primer Rey, la reina ya no fue la misma mujer de antes, talvez agobiada por la culpabilidad, y -por el contrario-, en el príncipe, aparecieron deseos de grandeza. En esta parte, M. Vásquez desliza el tema del poder: “Sin duda, el poder era más fuerte que todos los sentimientos dirigidos, ella lo sabía” (pág. 23).

Por otro lado, hay que decir que M. Vásquez logra la creación de ambientes oníricos fantasmales y despliega impactantes descripciones que parecieran extraídas de los filmes “Más allá de los sueños” y “Ghost”. A ratos, se condensan acciones y sucesos insólitos, que refuerzan nuestra idea de semejanza con el espacio novelesco macondino. Breves ejemplos: “(…) este paisaje que, a cada segundo, se volvía más macabro”. “Traía una joroba muy grande y reía a voces llenas” (pág. 35). “Su cuerpo contaba con cicatrices de centenares de amores, todos muy malos, amantes que la usaron y la dejaron olvidada” (pág. 36). A esto mismo, talvez abonen también las páginas 41 a 44, donde el autor extiende una original ficción creacionista.

En las págs. 47 y 48, ocurre uno de los hechos más intensos: el enfrentamiento del 4to. Rey (que aparece como un ser extraño e intimidante) contra un asustado grupo de gente. Leamos un fragmento:
“(…) un rayo fulminante de locuacidad le hizo resplandecer aún más y, excitado ante su claro proceder, se detuvo y quiso hablarles; pero su voz no se anunció conforme, por el contrario, sonó a graznidos incoherentes. Volvió a intentarlo, les hizo señas con las manos tratando de explicarles que buscaba un árbol, insistió en su cometido, cantó como sabía para agradarles y, en vano se esforzó. Los rostros le miraban con temor, anonadados, no fuera que se le ocurriese matarlos a todos, incluyendo a los niños. Podría ser, qué no veían que no era humano, qué no se daban cuenta de que quizá, esa cosa de enfrente representaba un castigo por lo mal que se portaban… “¡Tonterías!”, apagó una voz los comentarios, “¡matémoslo!”… ¿Qué si lo mataron? No habrían podido aun si todas las manos presentes le hubiesen asestado golpes al unísono, sólo que eso no llegó a suceder sino que, estando el Cuarto Rey acechado por hombres embravecidos y armados con palos, consciente de que trataba con seres inferiores, huyó a toda prisa, con rumbo ascendente, en dirección hacia la frondosidad más tupida y el monte más alto. Avanzó abriéndose paso con su propia luz, derribando en su andar la maleza y árboles menores, sin herirse con las espinas, sin cansarse. Su fuerza era mucha, (…)”.

El enfrentamiento entre el 4to. Rey y la muchedumbre nos lleva al tema de la oposición realidad extraña vs. realidad común, lo monstruoso vs. lo humano. Conmovedor resulta imaginar al ser diferente, poderoso, esforzándose por congraciarse con los humanos; empero, éstos no resisten la diferencia. Y lo rechazan. Y pretenden eliminarlo. ¿Alegoría, en el mundo del arte, a la obra distinta? ¿No es la masa la miopía de los críticos que no alcanzan a reconocer el valor de una obra entrañablemente nueva como sucedió con la poesía de Vallejo? Podría decirse, igualmente, que el 4to. Rey parece un símbolo del artista. En todo caso, análoga situación con la de otros seres extraños y despreciados en la ficción literaria como Quasimodo, Hans el Erizo, el Minotauro (que Cortázar se encarga de reivindicar) o, en el cine reciente, el ogro Shrek.

Resulta un poco extraño -en cuanto se manifiesta una reiterada visión pesimista acerca de la humanidad- encontrar en el mundo arbóreo de M. Vásquez una visión favorable de la esperanza, como si fuera una fuerza mágica. Dos citas al respecto: “De no ser por la esperanza que ardía en sus venas (que le había dotado de fuerzas desproporcionadas) habría muerto ahí mismo, de hambre o de sed” (pág. 49). “(…) este Rey, siguió con vida, porque resplandecía de esperanza, porque su sangre llevaba ese fuego vivificador” (pág. 53).

Asimismo, es significativo el hecho de que este 4to. Rey, de atacar a un ser humano (ganas no le faltaban, dice el narrador), “se contaminaría de por vida”. En cambio, consideraba a los animales como algo sagrado, aunque, cuando lo decidía, podía eliminarlos; eso sí, con el menor sufrimiento posible. Su rechazo a los humanos es tan fuerte que expresa: “Nunca más cerca de ellos”; y mantiene su decisión de vivir: “lejos de toda civilización, a expensas del ancho y majestuoso peligro” (pág. 50).

De cuando en cuando, el narrador omnisciente indica que se escuchan, amenazadoras, las sirenas policiales. Al final, sabremos que se trata, más bien, de la sirena de una ambulancia.

El protagonista, reiteradamente, indica su rechazo al sentimentalismo y su defensa de la sinceridad. “Sin pena, nosotros no somos como esa otra mitad con corazón que está del otro lado. No nos parecemos a ella que finge, que vierte comentarios benéficos para llevarse bien con los demás”. Y es que el protagonista aboga por la sinceridad a fondo, la de los niños y los locos (lo que se corresponde, obviamente, con la condición del personaje). Sinceridad que extiende al ámbito literario: “(…) te lo diré sin mediar las consecuencias, dice “me pareció tierna tu historia” encontrándola ridícula. Sí, amigo, así es como vive -esa otra mitad con corazón-, fingiendo. Y cuando le vuelve a ver, de nuevo: “he leído todos tus cuentos y cada uno me parece excepcional”. Así le dice” (pág. 51).

Se encuentra, poco después, una alusión a la Totalidad o a lo que se denomina Campo Unificado: “Todo, absolutamente todo, está relacionado entre sí” (pág. 51). Como también alude a la lucha interior entre razón y pasión (que pocos como el sabio-poeta libanés Gibrán han resuelto muy bien, poética y filosóficamente, al menos). Hay, incluso, una breve, pero no menos importante referencia a la meditación.

Poco más adelante, aparece una interesante reflexión metafísica acerca de la vida y la muerte (pág. 53). “Vivir, morir, soñar: ¿dónde estaba la diferencia?”. Y otra vez, la evocación a Hamlet. Y, asimismo, la contradicción entre artista y hombres comunes (u hombres no artistas, en todo caso).

El 4to. Rey aparece como un lobo estepario hessiano. Encontró su árbol anhelado (¿en sueños?); pero, no le bastó: “¡Seguir, encontrar otras cimas, perderse en las montañas! (pág. 55).

Conforme avanza el relato, van brotando mayores evidencias de la anormalidad del protagonista. Repentinamente -como psique bipolar-, se siente pleno de entusiasmo, de euforia y plenitud de facultades: “El talento me abruma. En este estado de excitación tan fascinante que me encuentro, podría volver a entregarme a la justicia y disfrutarlo. Sí que lo haría; pero no temas -le dice a su enmudecido amigo, que ya sabemos que es un simple muñeco-, no lo haré jamás: prefiero estar cerca de ti” (pág. 58). Se ha de inferir, con los datos posteriores, que la tal justicia no es otra cosa que el hospital psiquiátrico y que las sirenas corresponden a la ambulancia. Sorprendente -y hasta cierto punto, enigmático- resulta el nivel de profundidad que logra M. Vásquez para recrear la mente perturbada de su personaje. Pareciera que su profesión no fuera la Agronomía ; sino, más bien, la Psiquiatría.

Se reitera que, a lo largo del relato, se muestra una relación casi conflictiva, insólita, entre autor y personaje. Éste parece resistirse, heroicamente, a ser un simple monigote manipulable, sin albedrío.

A veces, el relato adquiere la surrealista atmósfera de la película “Alicia en el país de las maravillas”, recordándonos la excéntrica psicología del Sombrerero, en la genial interpretación de Johnny Depp. ¿Es “El árbol” un elogio de la locura? En todo caso, sería también, una apología de lo diferente. En ese sentido, el narrador afirma categóricamente: “(…) sin imaginar que en esos “Locos” hay felicidad y encanto. En ellos, déjame decirte, no hay preocupaciones; en ellos, el dolor es un escape experimental, dulce, agradable…” (pág. 61).

Otro aspecto importante es la oposición mundo real/ mundo imaginado y humanidad/personajes literarios: “Me estoy refiriendo, evidentemente, a los que pueblan el otro lado de estas páginas. Nosotros, por el hecho de estar aquí adentro, estamos excluidos” (pág. 61).

Una pregunta que dejamos para los lectores, y para nosotros mismos, es ésta: ¿Qué representa el árbol, finalmente? ¿Es el cuerpo? : “No hay más que decir; nuestro árbol ha sido regado. Es uno grande, privado, infinito y absurdo, de esos que llevamos con nosotros a todas partes. Hay reyes dentro de él, espacios de maldad diseminada, corazones…” (pág. 63). ¿Y los 4 reyes? ¿Acaso son 4 yoes? ¿Nuestro alucinado actante es un hombre con personalidades múltiples? Téngase en cuenta, por ejemplo, que el 4to. Rey era el favorito del protagonista del relato, quien llega a decir: “Se parecía mucho a mí”. Era “bien parecido, luminoso, inteligente, prudente, soñador, grande en perspicacia, sensible a la naturaleza, fuerte… Era como yo, no hay duda de eso” (pág. 47).

Pero, en “El árbol”, hay también una preocupación por la búsqueda de la ecuanimidad -ideal budista- y de la objetiva percepción del mundo exterior, cuando habla, reiteradamente de no-emociones o como cuando expresa, por ejemplo: “Él percibió los sonidos sin enojo, neutralizado en sus pensamientos, e igual pareció no desconcertarse ante un posible acercamiento de algún congénere suyo” (pág. 68).

En la pág. 70, encontramos el recuerdo de una intensa y triste vivencia familiar, que nos hace recordar las profundas penalidades de Zezé, en “Mi planta de naranja-lima”, de Mauro de Vasconcelos. Aquí, Miuler, obsesionado por ser un narrador diferente, y en su afán ya no sólo de ser un eficaz narrador omnisciente y desdoblado, sino además de querer controlarlo todo, se toma la licencia de increpar al propio lector (al que siente como una especie de intruso en la revelación de aquellos sentimientos encontrados): “Dentro de sí, algo nuevo acababa de descubrir, un hallazgo que le hacía sentir muy raro… ¡No interrumpas, lector!, no me refiero al amor”[1] (pág. 70). El narrador omnisciente agrega: “Su semblante siguió siendo el mismo -el del personaje-, salvo que, en el otro lado -en el autor- creyó percibir lágrimas” (pág. 70).

Posteriormente, M. Vásquez muestra algunas realidades del conflictivo amor humano y el deseo. Así, en la pág. 71, hay una escena de juventud: el personaje, la novia y el deseo de aquél por la empleada de casa. Más adelante -en la continuación de diversos flash backs-, el personaje evoca a su padre y recuerda la casita de tablas mal cepilladas que le hizo, antes que el padre decida alejarse. Otra de las incógnitas del relato que el lector debe resolver es la referencia a ciertas “Proezas”.

En otra parte del libro, hay una curiosa referencia a la mujer: “(…) la hembra (dijiste hembra, no mujer) tenía cierta validez como portadora de estímulo sexual y médium reproductivo, pero que en definitiva no servía para nada más que no fuera incomodar la paciencia” (pág. 74). Por supuesto que, en el personaje alucinado, a la luz del psicoanálisis, podría hallarse una animadversión de orden psicosexual; en todo caso, asociable a su conflicto de pareja en torno a la infidelidad.

Más adelante, aparece una escena en la que, según parece, el personaje es encontrado por personas que lo andaban buscaban. Pero, logra escapar, llevándose consigo a su “amigo”. Debido a ello, en un instante de consciencia supranarrativa, el personaje explica que los quisieron sacar de la historia para llevarlos a un hospicio, torturarlos con preguntas y encerrarlos. ¿Por qué?: “Fue porque del otro lado, una mano los puso al tanto. No le gustó que hablara de su tesoro delante de ti” (pág. 76).

A estas alturas, el relato comienza a adquirir una forma distinta a todo lo anterior. Las cosas se van definiendo y la ambigüedad narrativa del comienzo va quedando lejos para dar paso a un final esclarecedor. Entre otras cosas, el personaje anuncia un epílogo que no será propiamente un epílogo (puesto que la consigna es lograr un texto realmente original): “(…) lo que viene es el epílogo. Un epílogo que no tiene título, naturalmente. Esa semana (estoy empezando ya), fue la peor de su vida” (pág. 77). Viene, luego, el irritante incidente con los policías (nos viene aquí la pregunta de índole psicológica: ¿no es la sombra fantasmal, de origen traumático, de esos policías los que siente el personaje como posteriores perseguidores, en su distorsionada percepción de la realidad, cuando confunde la sirena de la ambulancia con la sirena “de las patrullas policiales?). Siguen, después, otras evocaciones familiares, como un fin de semana fatal y la drástica solución al problema del estreñimiento, que motiva uno de los pocos instantes de humor en el libro como cuando se acuña la hilarante frase (que alude al personaje): “ha venido a visitarnos el cagoncito” (pág. 82). Después, viene el fin del inusual epílogo: “Fíjate que el epílogo concluye con una parte que no es en sí el término de la historia -confirmación de su atipicidad-, sino un fragmento de ella que quizás es intermedio” (pág. 83). En líneas siguientes, encontramos una alusión a la paz interior (pág. 84), que es un tema fácilmente asociable a la no-emoción y a la no-sensibilidad que ocupan varios momentos del libro. Por otro lado, aparece, en varios momentos, la gravitación (otro enigma por resolver) de la flor destruida (¿el tema de la belleza y la muerte?). Así también, viene una larga escena en la que se habla del matrimonio del personaje, del placer, de la ausencia de hijos, y del surgimiento del “mayor monstruo, los celos”.

Ya en la nueva tónica del relato, como hemos advertido, el libro atrapa en un ágil relato de escenas de celos y broncas entre personaje y esposa, como la cita de ésta con un tipo rubio. Subrayemos el cambio evidente en la atmósfera narrativa y en la temática. Toda la rica y sugerente ambigüedad de temas y situaciones anteriores adscritas al realismo mágico ceden el paso a una casi corriente -pero de igual valor narrativo- historia de casados clase medieros con sus conflictos y angustias de infidelidad y celos y con la típica intromisión de la “mocita impúdica, de buenas piernas, pezones nacientes y desmedida sensualidad”. Sin embargo, esta parte de la historia es de gran importancia por cuanto esclarece varias cosas (dejando algunas otras en el terreno de las hipótesis). Una probable certeza es que el personaje enloqueció por celos. Y que, en su locura, llevó a su mujer al ya mítico árbol, donde la ponderada flor (enigma por resolver), cual bálsamo o panacea, derrotaría las maldades del mundo y donde podrían alcanzar armonía y paz. Lo intrigante del relato sigue siendo la voz del personaje narrador que asume ser una mitad y que se considera externo al esposo enloquecido. Más misterioso aún, que esa voz afirma ser el personaje que regaba y cuidaba el árbol. Nosotros asumimos que son dos yoes del mismo personaje, especie de escisión de la personalidad (clínicamente hablando: esquizofrenia). El final del libro es emocionante, puesto que todo desemboca en una posible solución feliz. Se aclara que el amigo es un pobre muñeco y que el esposo entra a un sanatorio y es bien cuidado por parientes y familiares. Y que, a la manera de actividad catártica y terapéutica, se pone a escribir, febrilmente, tecleando una vieja máquina de escribir. El otro yo, o la otra mitad -supuesta- del personaje se integra en uno solo: “Finalmente, el delirio, que le llenó de suspicacias en el último tramo de su caída, le hizo suponer que volvería a unirse con su otra mitad ya cuando éste reposase sobre una camilla con destino a una clínica y que, aquel encuentro, serviría para desprenderse de sus emociones y dejarlas en ese cuerpo que luego despertaría sano, victorioso, con su obstinada esposa viva y seres queridos al lado, bienaventurados de verle resuelto y cuerdo… (pág. 115). Melancólico desenlace que invoca la cordura y el cese no sólo de la lluvia, sino también de los laberintos de la mente y de toda laya de sombras fantasmales que pueblan una psique dolorosamente alucinada. Nos recuerda la culminación de “Don Quijote” y esa extraordinaria película titulada “Una mente brillante”, basada en la historia real del Nóbel de Matemática, Prof. John Nash.

El final nos permite afirmar que el deseo de negar las emociones no era sino un mecanismo de defensa que consistía en evitarlas puesto que el sufrimiento había sido mucho. Asimismo, el árbol parece constituir -haciendo falta aquí el psicoanálisis- un símbolo de refugio del personaje, un espacio de evasión de los problemas y las penas del mundo. Otra incógnita que nos queda es si la esposa no sufrió daño alguno de parte del esposo, habida cuenta de la condición mental del mismo. El final del relato nos remite al comienzo, circularmente. Las últimas páginas, al dar nuevas luces, nos plantea la necesidad de repensar la lectura tomando en consideración los factores causales que estaban relativamente ocultos. Todo ello nos conduce a pensar que la concepción de este relato ha sido bastante inteligente. Talvez, habría que visualizar el libro en términos de un filme. Sería apropiado para facilitar su comprensión. Los datos escondidos y las elipsis del cine son más inteligibles que las de un libro. Congratulaciones a Miuler Vásquez. Aplaudamos este brillante esfuerzo y vaticinemos nuevas y aún más sorprendentes novelas (¿o antinovelas?).

3) Recursos narrativos:

a) Desdoblamiento: Empleo este concepto para referirme al hábil -y no fácil- recurso de M. Vásquez de establecer y administrar narrativamente varias voces: la del narrador denominado omnisciente, la del personaje alucinado que cuenta casi todo, la otra mitad de éste, el amigo que nunca habla, el que “está al otro lado”. Lo interesante de esto es que el protagonista, como ya dijimos anteriormente, es consciente de que hay alguien que dirige la historia, hecho que se constata en varios momentos de la novela, siendo uno de los más sensibles el momento (en el tramo final) en que tal personaje, junto con su entrañable “amigo”, siente que iban a ser sacados de la historia. Como es de suponerse, el recurso de tener personajes que asumen su dependencia del autor, no en un cuento, sino en una novela, exige una lucidez y una vigilancia permanente durante el proceso de creación. Nos recuerda, por ejemplo, a “El Mundo de Sofía”, de Gaarder. Creo que éste es un aspecto resaltante en el trabajo de Miuler. Muestro algunas citas al respecto:

“¿Que qué podemos hacer entonces? Tú nada; yo sí. Lo que haré, tenlo en cuenta, es por iniciativa propia, ¡nadie me está obligando!” (pág. 52).

“En suma, lo que intento explicarte, y aquí es en donde él -el autor- interviene con su lógica para no perderme, es que no creo que los protagonistas de novelas sean felices, cómo podrían, si tan sólo son monigotes manipulables, carentes de albedrío…” (págs. 56-57).

“Me parece que la ilación de ciertos episodios no está del todo conforme y creo que redundo en algunos hechos. Qué con eso” (pág. 57).

“¿Ahora qué? “Usted, monigote, tiene pendiente una reseña”, pareció escuchar. La voz, en todo caso, pudo haber venido de un lugar fuera de su alcance. Al final la dejó de lado, y habló: Te seguiré contando del Cuarto Rey” (pág. 60).

“Su semblante siguió siendo el mismo, salvo que, en el otro lado, creyó percibir lágrimas” (pág. 70).

He aquí un claro reproche al autor:

“(…) sin embargo, todo es posible para tus dedos rápidos, que teclean sin parar letra por letra, hasta activarnos los humos como se dice, y extendernos al precipicio tal cual desenlace que no se detiene ni marca distancias” (pág. 75).

En la siguiente cita, se siente el reclamo del personaje y, al parecer, un conato de confrontación con el personaje autor.

“Trataron de sacarnos de esta historia y llevarnos a un hospicio, torturarnos con preguntas y finalmente matarnos con el encierro. No les iba a permitir, de ningún modo, al menos no, porque primero debes saber lo que está sucediendo allá afuera, en el mundo que los humanos llaman real. ¿Qué por qué intentaron capturarnos, que cómo supieron dónde estábamos? Fue porque del otro lado, una mano los puso al tanto. No le gustó que hablara de su tesoro delante de ti. Y dirigiéndose a ningún lado, mirando en todas direcciones: ¡Está bien, no hablaré más del asunto! ¿Callaré para siempre! Dichas estas palabras, le volvió la cara a su amigo, guiñándole un ojo con la intención de hacerle entender que lo último que había dicho era mentira” (pág. 76).

Hay un instante en el que el personaje parece fundirse con el autor, además de esclarecerse quién es (o sería, al menos) el misterioso ser “que está del otro lado”:

“(…) por el bien del personaje que de hecho no gustaría de leerse dado a que es la misma persona que escribe y que está del otro lado” (pág. 86).

b) Preguntas y comentarios empáticos con el lector: M. Vásquez hace, preventivamente, las preguntas y comentarios que se puede estar haciendo el lector, gracias a una perspicaz empatía. Uno dice entonces: carambas, este autor está atento no sólo a su relato, sino también a mí, el lector. Ello reaviva la historia y genera más interés. Ejms.: “¿Por qué te ríes? Miró a su alrededor (…) Cómo es posible que te parezca graciosa mi historia, para nada lo es. No lograrás mentirme, sé por qué te ríes. Lo haces porque crees que trato de impresionar a alguien”. “(…) y no creo, esto es lo más importante, que sea un cuento infantil mi relato” (pág.20). “Él imagina a sus probables lectores leyendo una historia desviada del tema central, y no quiere llevarse mál con ellos…” (pág. 52).

c) Las acotaciones en cursiva: Valioso elemento en el discurso narrativo de “El árbol”. Es, casi, el único medio que tiene el lector para captar algo de información del espacio novelístico planteado y de los personajes. Obviamente, M. Vásquez recurre a la opción cursiva para descomplejizar en parte la lectura. No haberlo hecho hubiera complicado más el texto, habida cuenta que no hay guiones de diálogo ni sangrías ni párrafos; sólo un kilométrico discurso que, como un caudaloso río, arrastra todo lo que llega a su cauce. Las acotaciones en cursiva son la voz del narrador omnisciente.

d) Uso de las funciones apelativa y fática del lenguaje: En tanto, el protagonista está siempre intentando tener una comunicación óptima con su “amigo” y, por si fuera poco, hace alusiones al lector (no siempre gratas, por cierto). Ello permite mantener la fuerza y la vivacidad de la enunciación estimulando eficazmente la continuación de la lectura.

e) Alusiones irreverentes al lector: “Entiendo que los lectores, si siguieran al pie de la letra mis últimas palabras, creerían eso que acabas de decirme, con algo de razón, pero tú, que no eres de la calaña de ellos[2], ¿te atreves a insinuarme semejante aseveración?” (pág. 45).

f) El interlocutor mudo: Éste es un recurso bastante hábil dentro de “El árbol”. Sin él, hubiéramos tenido un monólogo seguramente tedioso. El “amigo” (que, al final, se descubre que no es más que “un muñeco mugroso y cochino”) tiene una importancia vital en la obra. Gracias a él, el protagonista alucinado puede exteriorizar todo su discurso. Por supuesto, en la mente de éste, el muñeco aparece como un hombre de carne y hueso. Es el personaje-ayudante que posibilita la realización del diálogo monologante. Parecido al recurso de los diarios personales, donde hay un supuesto oyente (aunque en el diario, la decisión es consciente). De manera que la percepción anómala del protagonista es un factor primordial para la gestación del relato. Cuestión que no deja de tener una dimensión bastante humana y que nos remite a otros textos -literarios y cinematográficos- en los que la alucinación de un personaje es el origen de sucesos y discursos extraordinarios e impactantes (además del Quijote, recuérdese, por ejemplo, “El Licenciado Vidriera” o, en el cine, a “Una mente brillante” o el viejo capítulo aquel de Malú Mujer, donde un cordialísimo loco genera ideas novedosas y libertarias, hasta que lo vuelven a internar. Y hasta nos hace recordar las historias de varios artistas, como Van Gogh, verbigracia (en las dos versiones que hemos visto acerca de él, una de ellas, con la notable actuación de Kirk Douglas). Todo lo cual nos conduce a pensar que, de pronto, “El árbol” puede constituirse en una original y valiosa obra que hace reflexionar acerca del abrumador tema de la locura, que no es otra cosa que reflexionar sobre la humanidad entera y el sentido que ésta le otorga a la Vida.

g) Constante y explícita evaluación del relato:

“(…) no le gustó esta palabra para reiniciar el enlace de lo que venía contando, porque antes ya la había utilizado varias veces; sin embargo, ya nada podía hacer” (pág. 86).

“(…) y que se llamaba “Whisquería Ir…” (La segunda palabra era una relativa al nombre de un país europeo. Como te habrás fijado, no hay nombres ni de personas ni de ciudades en ninguna parte de estas palabras que he vertido a lo largo de estas horas que estoy contigo; es por ello que no pongo el nombre de esa ciudad (…)” (pág. 92).

4) Temas abordados: Aunque en variada proporción, y como valiosos ingredientes del inquietante discurso narrativo de esta novela, el autor despliega visiones personales acerca de temas esenciales como: la naturaleza humana, el poder, las emociones y la sensibilidad, la infidelidad, la locura, la mujer poliándrica, erotismo, la muerte, la creación y el universo, la ecología, el miedo, naturaleza/civilización, lo insólito/lo normal, exploración interior, innovación radical de la narrativa, lo excéntrico, relación niño-madre-padrastro, el conflictivo amor de pareja, el deseo, los celos, las huellas psíquicas de las experiencias de la niñez.

5) Visión desencantada de lo humano: A lo largo del libro, M. Vásquez -personaje de por medio- expresa libremente un conjunto de apreciaciones acerca de la humanidad. En general, el enfoque es desalentado, casi amargo. Por supuesto que es el pensamiento del protagonista del relato. Pero, ya que el autor interactúa con sus personajes, asumamos, también, nosotros que aprovecha a su elocuente “monigote” para decir sus propias verdades. El libro, a veces, resulta bastante duro con la humanidad. Algunas muestras:

“¡Que por qué los humanos no quieren ser humanos?... A ver, déjame pensar, debe de ser por miedo, o por alegría, o por sentirse disconformes, sí, eso es, el no estar conformes nos abre una alternativa para inmiscuirnos en los defectos de los demás (…)” (pág. 17).

“Creyó que una razón fundamental para dejar de querer ser humanos implicaba olvidarse de todas las emociones” (pág. 19). El personaje ha pasado, y sigue pasando, por una realidad afectiva dolorosa. Es la causa del rechazo a sus emociones. Parecido a las mujeres que no quieren saber nada del amor porque han vivido una experiencia sentimental traumática. Tiene lógica.

“Soy humano, los humanos sí lloramos, somos sensibles” (pág. 19).

“Tú no tienes la culpa, esto nos pasa por tratar de explicar la compleja existencia de los seres humanos, además, para qué hacerlo si nadie lo entendería” (pág. 18).

“(…) y te encuentras a expensas de un campo abierto lleno de humanos (…) (pág. 45).

Puede establecerse una semejanza de valoración de lo humano con el polígrafo Marco Aurelio Denegri, quien, en cada ocasión que puede, no disimula su visión pesimista de la humanidad. O, hasta nos trae el recuerdo de la mordaz idea de Mark Twain: “A mi edad, cuando me presentan a alguien, ya no me importa si es bueno, malo, rico, pobre, negro, blanco, judío, musulmán o cristiano. Me basta y me sobra con que sea un ser humano... Peor cosa no podría ser".

“No es de extrañar que los humanos no pudieran mejorar sus vidas, nunca lo podrán. Ellos son así, despreocupados del porvenir; de no ser como son, se hubiesen preocupado por aprender, pero no, ellos prefieren dedicarse a buscar técnicas difíciles para vivir. Para comer, dormir, hacer algo placentero, por ejemplo, hoy requieren de grandes esfuerzos. Sufren, cómo sufren. Y las guerras, del mismo modo, son alicientes de grandeza, ¡pobres humanos, tontos!” (pág.36). Éste es uno de los cuestionamientos más interesantes que hace “El árbol” acerca del hombre. Critica la artificialidad de la vida, la falta de previsión para el futuro y el perverso objetivo de las guerras. Cierto que son las palabras de un personaje alucinado. Pero, en Literatura, las ideas de los locos son, con frecuencia, las más lúcidas.

También se cuestiona el cuasi genético mal hábito de juzgar (que Deepak Chopra recomienda tanto combatir a fin de tener una percepción realmente objetiva de la realidad):

“Creen tener el derecho de juzgar a los demás” (pág. 45).

Talvez, la que sigue sea una de las críticas más directas de “El árbol” al género humano (aunque debiera ahondar el análisis y descubrir las raíces más hondas del problema, que no es de orden ético solamente; sino, también, económico y político):

“El único que arruina esta civilización perfecta es el hombre: él es quien verdaderamente destruye, por placer; él quien persigue y mata sin sentido; (…) es quien altera la conformidad de la existencia” (pág. 46).

“(…) mejor se enfrentaba al cansancio, a la desesperanza, al infortunio; estos eran sus verdaderos enemigos, no los humanos insignificantes, que poco valían para que les diera importancia” (pág. 48).

“Para los humanos comunes, claro, vivir significaba respirar, alimentarse, vestirse, fornicar, pelearse…” (pág. 53), diagnóstico bastante similar al de la filosofía Hare Krishna; pero, no coincide en oponer el ideal espiritual de estos. Más exactamente, el narrador indica que: “(…) para él, de sangre real, inconforme, superior a ellos, vivir no era más que un estado de transición” (pág. 53) (interesante concepto, aunque no indica hacia dónde o hacia qué estado superior). Lo que sí deja entrever es la posibilidad de la perfección humana: “(…) a no ser que, como seguro ocurrirá, me encontrase con el humano más perfecto de esta tierra. Entonces sí que echaría por el suelo sus palabras escritas, y le haría pedazos, yo sé cómo. Lo destrozaría, sin que importe mucho (dado que su corazón es en parte mío), el que yo muera en el trayecto” (pág. 54). Por supuesto, el hombre no es perfecto; sí, perfectible.

“¿(…) no le expresaste con aires de superioridad tus conceptos sobre la razón de ser de los humanos, que a tu entender te ponía por encima de ellos (…)?” (pág. 74).

“(…) la sinrazón que conforma esta sociedad” (p.80).

M. Vásquez siente el apremio de enjuiciar críticamente a la humanidad, a la sociedad, por toda la crisis mundial que se vive (en todos los planos: ético, político, educativo, ambiental, ideológico, etc.). Pareciera una paradoja esta visión pesimista -digamos, mejor, realista- en un autor que no alcanza aún los 30 años (la “funesta edad de amargos desengaños”, como decía L. A. Sánchez); pero, es, en todo caso, una crítica sincera. Talvez, con el paso de los años, Miuler -junto con sus personajes- se reconcilie, parcialmente, siquiera, con la humanidad (al menos, con el sector honorable de ella). En todo caso, vale recordarle la frase del mexicano José Vasconcelos, que solía citar Mariátegui: “Pesimismo de la realidad; optimismo del ideal”.

A manera de conclusión:
Hemos querido exponer algunos breves hallazgos y expresar ciertas ideas que, quisiéramos, motiven la lectura del interesante trabajo de M. Vásquez, quien parece estar en camino a convertirse en algo así como “El iconoclasta de la narrativa peruana actual”. Reafirmamos nuestra hipótesis en el sentido de que “El árbol” testimonia una obstinada y valiente decisión de originalidad narrativa. Exploraciones textuales más profundas y más autorizadas quedan ya para ulteriores momentos y para lectores -como diría Scorza- más zahoríes.

Concluyamos diciendo que “El árbol” muestra una respetable y valiosa capacidad de fabulación, y un lenguaje con identidad propia, que revela tiempo y trajín en el oficio. Congratulaciones a Miuler Vásquez González. Aplaudamos este brillante esfuerzo y vaticinemos nuevas y aún más sorprendentes novelas (¿o antinovelas…?). Como fuere, que al árbol miuleriano, se sumen muchos más. Para que surja, como dijo Heraud, “un bosque de latidos y esperanzas”.


Desde Chiclayo, a 4 de febrero del 2011,
en el Año del Centenario del nacimiento de José María Arguedas.
Pedro Manay Sáenz


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[1] El subrayado es nuestro.

[2] El subrayado es nuestro.

martes, 2 de abril de 2013

Utopías y desvaríos (27)



He venido desde lejos, de arriba, para que te sientas bien y puedas estar cerca de mí. Solo debes darme un poco de tiempo, algunos años de tu vida, nada más; yo sabré recompensarte por tu pequeño esfuerzo, con creces.

Lo primero que te pido, es que conserves estas alas que llevo a cuestas. Trátalas bien, sí, por nada intentes cortarlas. Si las maltratas, sabes que vas a incapacitarme para el vuelo, de por vida, ¡hasta podría morir! ¿Te imaginas? Morir en tu planeta apestoso, no, eso no.

Lo segundo, y lo más importante que de ti requiero, es que alabes mis excesos, en todos los sentidos. No he venido a esta tierra a mezclarme con el resto de humanos, ni a parecerme a ellos, por tanto, o me abres las puertas para volar a donde me plazca, el día y la hora que quiera, o te vas al carajo y de una vez me regreso a donde pertenezco, sin ti.

Algo más: he rastreado tu proceder impuro, conozco tus debilidades y sé de tu apego al deleite carnal, así que, si te doy un abrazo, o te digo las cosas que crees saber de mí, lo hago porque mis innumerables sentidos me han advertido de lo peligroso que pueden ser ustedes, miserables humanos.

Entonces, te lo advierto por última vez, no reniegues de tu suerte; más bien confórmate con que mi presencia reclame la minucia de tiempo que compone tu vida.

Ya lo sabes:

Que no se abra el firmamento ante tus ojos, ni me recuerdes lo que creas que es correcto. Estoy bien con mis ánimos y emociones, y me basta verlo todo desde mis ojos

Que a cada segundo, a cada hora, todos los días, todo el año, todos los años, toda tu vida…, es decir, toda tu corta existencia en comparación con la vida infinita que yo tengo, dedícate a mí, a servirme, a llenarme de placer y bienestar. Ya alguna vez, en otro tiempo de este mi tiempo infinito, tendrás lo tuyo.

Que mis pasos vayan inseguros, por abismos pedregosos, cantinas, burdeles, y por cualquier lugar de mala reputación que ponga en riesgo mis alas… A mi regreso, mis heridas han de ser curadas por tu falsa bondad.

Que tus espacios estén descubiertos a mis ojos, todo el tiempo, y siempre ven, corre, tras mi llamado.

Que siempre que finja alguna inseguridad, desínflate de orgullo, hazme ver los caminos que recorres, extiende tu mano hacia mí y ábreme hasta los esfínteres de tu cuerpo, para poder ver tu interior…

Ya lo sabes, no es mucho lo que pido; en cambio tú vas a tener mi presencia cerca, cada día, aquí en tu planeta hoy, y mañana en el empíreo, a donde llegarás de mi mano, por ser consecuente con tus actos.

Nada más, ahora ven a limpiarme estas alas, antes de que anochezca… ¡De rodillas!

(M.V.)

lunes, 1 de abril de 2013

Utopías y desvaríos (26)


Mi gran conspiración, implica:

Vivir bien, aprovecharme de muchas personas y sacarle provecho al esfuerzo conjunto de estas, sin que se sientan explotadas ni descontentas con el salario que les pague. Anhelo verme en un trono de alguna edificación de las miles que tendré, observándolo todo, ensimismado en el odioso poder, presto a no mostrarme nunca a quienes me quieran localizar; pero eso sí, las esporádicas veces que sea necesaria mi aparición, mis discursos obrarán con dulzura y sutileza, siempre con el fin de encantar a las masas. Luego, se entiende, encandilado de orgullo y con sumo abatimiento, me rendiré a la limpieza extrema, para despercudir de mi cuerpo los malos aires.

Ser eterno. Esta vida que para todos es efímera, por acuerdo de las deidades que conforman el quórum divino encargado de estos asuntos, me será concedida eterna. Voy a invertir en mucho soborno, sin duda, y me tomará un prolongado tiempo convencer a los involucrados; mas nada es imposible en estos tiempos de crisis, menos si el placer y los vicios están de por medio. Ya todo está planeado: compraré conciencias de allegados, lotizaré el cielo, pagaré una fortuna en oraciones, haré donativos a los suburbios, veré la forma de infiltrarme en donde deba y, ergo, al fin lo lograré.

Encontrar la compañía perfecta. Cerca cuando sea necesaria, dispuesta a escuchar mis excentricidades sin criticarlas; lejos, en cambio, si no la necesito, agobiada por mis pesares. Contenta si me anima el entusiasmo; moribunda, si algún leve pesar me aqueja. En suma: una compañía ideal para cada segundo de existencia.

Hacer creer a todos que este mundo que habitan, les pertenece. Que todo humano camine por donde quiera, de día o de noche; que se apresuren a las cimas o precipicios creyéndose libres; que respiren, beban y coman de mi aire, agua y comida; que se sientan libres y que lo pregonen a voces llenas, por todos los medios; que cuando me vean por alguna calle, sientan que son lo máximo, incomparables, mejores que yo; que me extiendan la mano quienes se sientan bien haciéndolo, y que los otros, los que no deseen, que me aborrezcan... Hagan lo que hagan, vayan a donde vayan, humanos, ¡el mundo es mío y de nadie más!

Padecer todos los males, desdichas e infortunios que hay en este mi mundo, llegar a la agonía sin morir, recuperar la vitalidad pasadas las desgracias, evocar las recaídas, cantar, soñar, dormir, gritar..., y al final de cada padecimiento, detenerme a explorar el infinito, a salvo, vivo. 

Enarbolar un santuario donde reposen los pájaros caídos que alguna vez se consagraron al vuelo, abatidos por una piedra, o desterrados por cansancio, de tanto huir de los humanos inconscientes que odian la libertad.

La repartición de mis tierras. Ahí donde ahora están las edificaciones más modernas, los árboles han de crecer, libres y sin peligro, hasta llegar al tamaño que quieran. A los humanos les tocará ocupar los desiertos, a donde irán a parar en hileras, sin derecho a moverse, a la espera de agua y alimentos para sobrevivir. Llegado ese tiempo, en caso que se me antoje, me ocuparé de ellos; de lo contario, empezarán a extinguirse. Esto sucederá cuando se agote todo lo natural que los rodea: yo mismo me encargaré de que así sea.

Matar al "Papa". No a quien parece ser. En una constelación muy lejana en forma de cruz, cerca de dos estrellas que sobresalen del resto, hay un planeta habitado por seres de formas extrañas; en este lugar, "Papa" significa "vividor que proviene de otro planeta y que debe morir". A él, a ese extraterrestre que intuyo vendrá más pronto de lo que imagino, se le quitará la vida, no a otro.

Obligar a los humanos con lógica, o sea a unos pocos, a desenterrar los libros que se han perdido en el tiempo. Me hará feliz verlos  en esos afanes y quizás hasta premie ese esfuerzo.

Finalmente, esta gran conspiración, me da la libertad para escribir lo que me plazca, realidad o ficción, mentiras o verdades, historias coherentes o sin sentido, y más, seguro de cruzarme con adeptos que den cabida a lo absurdo, por puro capricho, sin entender absolutamente nada.

Versos: Pasión


PASIÓN…
(William David Urbano)

Dormí sobre tu piel cobriza 
y aticé el fuego de tus entrepiernas.
Las lianas carmesí han volcado entre mis dientes.
Los gemidos zanganean por nuestra alcoba.
"¡Te amo!… bellota de abedul…" 
Y zigzaguean mis labios por tus senos.
Y me rasgas los sentidos…
Las perillas traslucen el aliento de tu alma.
Las manecillas de la aurora turban el zarandeo.
Bajo nuestra cama, de hule y espuma, ¡Te hice mía!

Personaje ilustre: Antón Chéjov


Escribe: Oswaldo Gonzaga Salazar

Reseña biográfica. Eximio e indiscutible maestro del cuento corto y gloria nacional del teatro ruso –el teatro de Moscú lleva su nombre–, nació en 1860 en Taganrog, Rusia. Descendiente de siervo de gleba, su padre tenia una tienda de abarrotes en la que no podía progresar y agobiado con las deudas, casi huyendo se retiró a Moscú. Chejov estudió medicina y se ayudó económicamente publicando relatos y bocetos periodísticos. A los treinta años ya era famoso y aunque también era médico, la creación literaria fue siempre lo que más le atrajo. Pero ya por entonces, debido a exigidos esfuerzos manifestaba un mal pulmonar que a los cuarenta y cuatro años le causaría la muerte: tuberculosis.

Le tocó vivir durante las épocas de los Zares Nicolas I-II y Alejandro I-III, épocas de pura  explotación campesina en forma inhumana. En su obra refleja la triste vida del pueblo ruso, venciendo el pesimismo agobiante, ya que alcanzó a vislumbrar las luchas y los cambios revolucionarios de su país, anuncia en su teatro: "la hora ha sonado, algo grande avanza hacia nosotros. Una enorme y poderosa tempestad se prepara y pronto la pereza, la indiferencia, los prejuicios contra el trabajo, el mórbido tedio de nuestra sociedad, todo será barrido". Palabras premonitorias ya que murió en 1904. Tan convencido estaba, sobre todo de su lucha al lado de los explotados, los desposeidos, los humildes, que perteneciendo a la academia rusa no dudó en renunciar a ella en protesta cuando el Zar por motivos políticos privó a Máximo Gorki –  autor de "La madre" de su honorífico carácter de miembro.

En "La isla de Sajalín", denuncia el horror de los presidios, por lo cual logra algunas mejoras en el sistema carcelario de todo el país.

Cuando pudo y fue necesario marchó "Al frente" a brindar sus servicios humanitarios de médico a los enfermos de la guerra.

Sorprende la gran capacidad de observación con que Chéjov penetra en la psicología de sus personajes, que poco a poco, va agrandando situaciones: desde ese microcosmos se extenderá a los grandes temas que en la vida orientan no pocos destinos humanos. De hechos triviales están hechas sus historias que se hacen complejas en el actuar de estos héroes –o antihéroes– de la rutina, la abulia, el conformismo y la alienación.

En "Angustia", al cliente de un cochero no le interesa que le cuente la historia de su hijo fallecido en el hospital y termina contándosela al caballo.

En "La sala N° 6", el Dr. Andrei se esfuerza por combatir el abandono en que se halla el hospital cuya dirección se le ha confiado. En esta sala destinada a enfermos mentales, después de tantas insidias y malos entendidos provocados, un médico y su ayudante le declararon demente y le recluyen en la sala N° 6.

Chéjov es el gran observador, el escritor consciente de su época. Su capacidad de percepción de lo vulgar es asombrosa. Sus personajes no son malvados, sino atolondrados, infelices, sobre los que el autor nunca hace recaer el peso de la culpa. Los trata con piedad. Por eso han devenido en llamarle el alegre, irónico, compasivo y melancólico Antón Chéjov.//  

Obras. Teatro. "El jardín de los cerezos", "La gaviota", "El tío Vania", "Los tres hermanos", "La sala número seis". Cuento. Narraciones: un total de más de 200. Más importantes: "La isla de Sajalín", "Mi vida", "Historias varias", "La dama del perrito y otros cuentos", "Gente triste", "Relatos variopintos", "Cuentos de Melpómene", "Cuentos de la Estepa".


Historia de un matrimonio (Condensado)

Nuestros padres nos dejaron solos.

―¡Anda! ―me incitó el mío― ¡Adelante! 
―Pero ¿cómo le voy a hacer la declaración si no la amo?
―¡Déjate de monsergas! No eres más que un bobo sin luces. ―riñó mi padre.
―Bueno ―me dije a mí mismo, que sea lo que Dios quiera.

Comencé a oír latir el corazón y castañetear los dientes de Zoia Andréievna. La pobre muchacha tampoco me quería. Yo parezco un orangután y soy feísimo. Pero por ese entonces yo era por estilo de cualquier otro animal: mofletudo, peludo, granuloso. No pude dar inicio a mi mentirosa declaración. Salimos al  jardín y echamos a andar por un sendero. Nuestros padres, que habían estado escuchando con los oídos pegados a la puerta, se escondieron. Nos sentamos en un banco y volví a la carga:

―Mi felicidad depende de una persona a la que amo, y si ella no me correspondiera, mi perdición y mi muerte serían irremisibles… Esa persona es Ud. ¿Puedo aspirar a su amor? ¿Me quiere usted?
―Sí, le quiero ―dijo― y rompió en llanto.
―¡No, No! ―protesté― ¿Cómo es posible que me crea, Zoia? Paloma mía, no me crea. Yo no la quiero y usted tampoco me quiere. Todo es pura ficción. Nos casan a la fuerza. Por interés, ¡malditos diablos! ¡Ahora mismo voy y les digo que no quiero casarme con usted!

Zoía dejo de llorar repentinamente, su cara se secó al instante. "Usted también vendrá, les dirá que no me quiere a mí, si no a Balvitsin, y yo estrecharé la mano de ese muchacho. Sé con qué pasión le ama usted. 

Ella sonrió de felicidad. Caminaba a mi lado. 

―Usted también ama a otra: a mademoiselle Debé.
―En efecto, ya pueden maldecir mis padres que me casaré con ella por encima de todo. La quiero más que a mi vida. Vivir sin ella no es vivir. Si no, prefiero la muerte. ¡Enfrentémoslos!

En un arrebato de contento le di las gracias. Nos abrazamos fuertemente, besé sus manos y ella mi cabeza ―la dura  pelambre―, olvidando toda etiqueta. Fue la más grande, creo, declaración de desamor. Trémulos nos encaminamos a la casa, animándonos el uno al otro. ¡Que nos riñan, que nos peguen, hasta que nos echen, pero seremos felices cada uno con lo nuestro! Al vernos tan radiantes trajeron champaña para celebrar. 

Yo protesté, pateaba el suelo; Zoia gritaba hecha un mar de lagrimas. Se armó un alboroto; pero a pesar de todo, nos casaron.

Hoy celebramos nuestra boda de plata, ¡un cuarto de siglo juntos! Al principio se nos hacia cuesta arriba. Yo le reñía, le pegaba. Empecé a quererla por puro cansancio. Tuvimos hijos para matar la pena… Después… fuimos acostumbrándonos. Y en este preciso instante, Zoia está detrás de mí y apoyando la mano en mis hombros, me besa la calva.//

Ionósfera (4)




RETROSPECTIVAS: CRONOLOGÍA DEL ROCK PERUANO. (PARTE III)
LA MOVIDA DEL "ROCK SUBTERRÁNEO"

Los primeros años de la década de los 80 fueron los más intrincados y revueltos en el ambiente político peruano tanto por la recesión económica existente como por el avance inclemente del terrorismo, situaciones como estas generaron inestabilidad social y para la música peruana esto fue letal, las disqueras no producirían más a las bandas de rock pues no había dinero para concretar proyectos ni tampoco posibilidades que permitieran avizorar un futuro promisorio para este género musical en el Perú.

Es así como nace el movimiento "Subterráneo", un banda de jóvenes capitalinos que se siente al margen del sistema establecido que tambaleaba y está a punto de colapsar, pero que pretendía, a pesar de ello, seguir dictando las normas; algo que estos jóvenes músicos no aceptarían pues querían experimentar cosas diferentes. Si bien es cierto que la primera etapa del rock subterráneo tuvo la magia de la gestación, del nacimiento, de la rebeldía propuesta por sus miembros, en la segunda tuvo la magia de la madurez no sólo por la cantidad y diversidad de bandas, sino también por la producción de eventos y por los hechos políticos que tuvo que enfrentar para mantenerse vigente; fueron los años en los cuales hubo mayor represión, muertes, encarcelamientos y locura que de alguna manera terminaron por acorralar también a los subterráneos, muchas veces por equivocación o decisión propia sindicados como elementos disociadores. La separación y desaparición de varias bandas importantes de la escena fue inevitable.

En sus inicios, la movida subterránea era pequeña. Eran pocos los jóvenes que asistían a los conciertos, que se desarrollaban básicamente en las universidades por iniciativa de los mismos alumnos involucrados en el movimiento. Los conciertos subtes eran eventos en los que casi todos los asistentes se conocían. Las bandas que aparecían en ese momento como Narcosis, Guerrilla Urbana, Zcuela Cerrada, Leuzemia, Autopsia, Éxodo, Kaoz, Eructo Maldonado, Voz Propia, Salón Dada, entre otras, no sólo manejaban criterios comunes, sino que además se conocían entre sí. El anarquismo, la rebeldía en abierta postura en contra del sistema establecido eran su marca de origen, pero su gusto por la música que la mayoría de gente en el país desconocía, despreciaba o no escuchaba, era lo que más los unía.

La música que hacían las bandas de la escena subte se grababa en casetes de audio a los que denominaban maquetas; estas concebidas de manera artesanal por los propios músicos y vendidas por ellos no sólo durante sus conciertos, sino también de manera ambulatoria en una de las calles de la concurrida y céntrica Avenida La Colmena en el centro de Lima.

Hasta ese lugar, llegaban los jóvenes adeptos a este movimiento buscando comprar las maquetas editadas. Luego serían compartidas con los amigos más cercanos en prolongadas sesiones de escucha en la sala de alguna casa. Por entonces el lema "piratea y difunde" empezó a ser acuñado por algunos "subtes" buscando que su trabajo musical fuera escuchado por más gente.

Hacia el final de la década de los 80, con un gobierno calificado como catastrófico, no sólo la escena subte, sino otros proyectos culturales sobre todo de gente de izquierda, quienes se sentían muy cercanos e identificados con el movimiento subterráneo, desaparecen.


LA DÉCADA DE 1990:

Los 90´s llegan con bandas que conseguirían éxito y reconocimiento fuera del país como Libido, Índigo, Madre Matilda , Cementerio Club , Mar de Copas, La Liga del Sueño, también bandas locales muy representativas como Los Mojarras, La Sarita, Dolores Delirio, Los Adefesios, La Raza, Los imposibles , D'mente Común, Tk y otras. También el regreso de Leusemia. También aparece una de las bandas con una fuerte influencia del movimiento que se vivía en esa década (Grunge), la banda Huelga de hambre.   

(M.D)//