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jueves, 15 de agosto de 2013

Personaje ilustre: Antonio Machado

 
 

Antonio Machado 
(1875-1939)

Escribe: Oswaldo Gonzaga Salazar

Obras
 
En verso: "Soledades, galerías y otros poemas", "Campos de Castilla", "Nuevas canciones".

En prosa y verso: "Cancionero apócrifo".

Prosa: "Juan de Mairena".

Teatro (En elaboración con su hermano Manuel): "Desdichas de la fortuna o Julianillo Valcárcel", "Juan de Mañara", "Las adelfas", "El hombre que murió en la guerra", "La Lola se va a los puertos", "La prima Fernanda", "La duquesa de Benamejí".

Reseña biográfica

Eximio y celebrado poeta español perteneciente al movimiento literario de renovación de fines del siglo XIX, conocido como "La generación del '98".

Nació en Sevilla en el Palacio de los Dueños del Duque de Alva. Estudió filosofía y arte. Fue Vice-cónsul en Guatemala. A su retorno se dedicó a su vida académica en la enseñanza, llevando una vida sencilla, pero alterada por la trágica muerte de su esposa de escasos 18 años: la pequeña Leonor; que lo sumió en una intensa crisis que hasta lo hizo pensar en el suicidio. Hombre de extraordinaria vida interior se repuso y durante la guerra civil se exilió en Francia, siguiendo la docencia en París. Regentó una cátedra y allí murió a los 64 años.

Sabemos por sus "Canciones a Guiomar", que el poeta tuvo ese grande y secreto amor, platónico para muchos, muy de acuerdo a su temperamento, hecho que enriqueció mucho su vida interior.


Obra poética

El temperamento del poeta hizo que sus primeras creaciones aparezcan bajo el manto romántico de Bécquer. El modernimos de Darío también fue notorio. Sin embargo rápidamente va afianzando su propia voz y depurando su propio estilo. Orienta sus preferencias por las formas poéticas populares; pero su espíritu amplio ha sabido ser a la vez tradicional y moderno, culto y popular: un artista de síntesis poética como vemos en Galerías – La introducción – "Leyendo un claro día". Pero sobre todo, el gran mérito de Machado, el mayor, es el de ser el intérprete lírico del paisaje (Castilla), vuelca en él todo su espíritu romántico, el alma de quien necesita una metáfora para mirar hacia adentro en su dolor y amor. Por ejemplo dice:

El limonero lánguido suspende
una pálida rama polvorienta
sobre el encanto de la fuente 
               /limpia,
y allá en el fondo sueñan
los frutos de oro.
Que tú me viste hundir mis 
/manos puras 
en el agua serena, 
para alcanzar los frutos 
/encantados
que hoy en el fondo de la fuente
               /sueñan...

Ya en "Campos de Castilla", el poeta expresa lo "esencial castellano" y a la vez profundiza las meditaciones, los enigmas del hombre y del mundo, el destino, la soledad, la muerte de Dios, como lo vemos en el poema "Anoche cuando dormía".

En sus "Proverbios y Cantares" ya lo vemos en posesión y dominio de todo su arte. Apreciamos el siguiente poema:

La plaza tiene una torre,
la torre tiene un balcón,
el balcón tiene una dama,
la dama una blanca flor.

Ha pasado un caballero,
―¡quién sabe por qué pasó!
y se ha llevado la plaza,
con su torre y su balcón,
con su balcón y su dama,
su dama y su blanca flor.

Su verso se universaliza, y al hablar de sí mismo, lo hace como si estuviera hablando de todos los hombres. Veamos:

Nunca perseguí la gloria 
ni dejar en la memoria 
de los hombres mi canción; 
yo amo los mundos sutiles, 
ingrávidos y gentiles 
como pompas de jabón. 
Me gusta verlos pintarse 
de sol y grana, volar 
bajo el cielo azul, temblar 
súbitmente y quebrarse (…)

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.

Con este poemario marca su propia lírica. Poeta del paisaje natural y del paisaje interior, así como de temas universales. Un poeta de profundos criterios sobre el sentido del hombre y con una sensibilidad muy singular en la que se sustentaron muchos para mirar con entusiasmo, amor y esperanza, el futuro de la España entonces en crisis: una vez preclara la generación del 98.

Veamos a Dios en su paisaje interior:

Anoche cuando dormía 
soñé ¡bendita ilusión! 
que una fontana fluía 
dentro de mi corazón. 
Dí: ¿por qué acequia escondida, 
agua, vienes hasta mí, 
manantial de nueva vida 
en donde nunca bebí? 

Anoche cuando dormía 
soñé ¡bendita ilusión! 
que una colmena tenía 
dentro de mi corazón; 
y las doradas abejas 
iban fabricando en él, 
con las amarguras viejas, 
blanca cera y dulce miel. 

Anoche cuando dormía 
soñé ¡bendita ilusión! 
que un ardiente sol lucía 
dentro de mi corazón. 
Era ardiente porque daba 
calores de rojo hogar, 
y era sol porque alumbraba 
y porque hacía llorar. 

Anoche cuando dormía 
soñé ¡bendita ilusión! 
que era Dios lo que tenía 
dentro de mi corazón.

Prosa: Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo es el libro de fragmentos de "Juan de Maviena". Vierte opiniones de política, literatura, estética y usa de ese personaje para hablar también de su propia poesía e ideas en que él se ha basado. Propone un equilibrio entre conceptos e intuiciones, elementos lógicos y emotivos; los segundos deben estar siempre más al descubierto, pero ambos son esenciales al poema. No es la lógica lo que en el poema canta, sino la vida; aunque no es la vida la que estructura el poema sino la lógica. Sin embargo, nada hay como la sublime inspiración de la poesía: lo afirma en el siguiente cuarteto:

Poeta ayer, hoy triste y pobre
filósofo trasnochado.
Tengo en monedas de cobre
el oro de ayer cambiados. //


Poemas

La plaza tiene una torre

La plaza tiene una torre,
la torre tiene un balcón,
el balcón tiene una dama,
la dama una blanca flor.

Ha pasado un caballero,
¡quién sabe por qué pasó!
y se ha llevado la plaza
con su torre y balcón,
con su balcón y su dama,
su dama y su blanca flor.

Poema VIII

Yo escucho los cantos 
de viejas cadencias 
que los niños cantan 
cuando en corro juegan, 
y vierten en coro 
sus almas, que suenan, 
cual vierten sus aguas 
las fuentes de piedra: 
con monotonías 
de risas eternas 
que no son alegres, 
con lágrimas viejas 
que no son amargas 
y dicen tristezas, 
tristezas de amores 
de antiguas leyendas.
   
 En los labios niños, 
las canciones llevan 
confusa la historia 
y clara la pena; 
como clara el agua 
lleva su conseja 
de viejos amores 
que nunca se cuentan.

    Jugando, a la sombra 
de una plaza vieja, 
los niños cantaban...

    La fuente de piedra 
vertía su eterno 
cristal de leyenda.

    Cantaban los niños 
canciones ingenuas, 
de un algo que pasa 
y que nunca llega: 
la historia confusa 
y clara la pena.

    Seguía su cuento 
la fuente serena; 
borrada la historia, 
contaba la pena.

Poema XIX

¡Verdes jardinillos,
claras plazoletas,
donde el agua sueña,
donde el agua muda
resbala en la piedra! ...
Las hojas de un verde
mustio, casi negras,
de la acacia, el viento
de septiembre besa,
y se lleva algunas
amarillas, secas,
jugando, entre el polvo
blanco de la tierra.
Linda doncellita
que el cántaro llenas
de agua transparente,
tú, al verme, no llevas
a los negros bucles
de tu cabellera,
distraidamente,
la mano morena,
ni, luego, en el limpio
cristal te contemplas...

Tú miras al aire
de la tarde bella,
mientras de agua clara
el cántaro llenas.

Introducción a 
 los sueños

  Leyendo un claro día 
mis bien amados versos, 
he visto en el profundo 
espejo de mis sueños

  que una verdad divina 
temblando está de miedo, 
y es una flor que quiere 
echar su aroma al viento.

  El alma del poeta 
se orienta hacia el misterio. 
Sólo el poeta puede 
mirar lo que está lejos 
dentro del alma, en turbio 
y mago sol envuelto.

  En esas galerías, 
sin fondo, del recuerdo, 
donde las pobres gentes 
colgaron cual trofeo

  el traje de una fiesta 
apolillado y viejo, 
allí el poeta sabe 
el laborar eterno 
mirar de las doradas 
abejas de los sueños.

  Poetas, con el alma 
atenta al hondo cielo, 
en la cruel batalla 
o en el tranquilo huerto,

  la nueva miel labramos 
con los dolores viejos, 
la veste blanca y pura 
pacientemente hacemos, 
y bajo el sol bruñimos 
el fuerte arnés de hierro.

  El alma que no sueña, 
el enemigo espejo, 
proyecta nuestra imagen 
con un perfil grotesco.

  Sentimos una ola 
de sangre, en nuestro pecho, 
que pasa... y sonreímos, 
y a laborar volvemos.
Campo

La tarde está muriendo
como un hogar humilde que se apaga.

Allá sobre los montes,
quedan algunas brasas.

Y ese árbol roto en el camino blanco
hace llorar de lástima.

¡Dos ramas en el tronco herido, y una
hoja marchita y negra en cada rama!

¿Lloras?... Entre los álamos de oro,
lejos, la sombra del amor te aguarda.


68

Llamó a mi corazón, un claro día, 
con un perfume de jazmín, el viento.

  —A cambio de este aroma, 
todo el aroma de tus rosas quiero.

  —No tengo rosas; flores 
en mi jardín no hay ya; todas han muerto.

  Me llevaré los llantos de las fuentes, 
las hojas amarillas y los mustios pétalos. 
Y el viento huyó... Mi corazón sangraba...

Alma, ¿qué has hecho de tu pobre huerto?
             

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