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jueves, 15 de agosto de 2013

Análisis literario

 
 

Yakuruna

 "Cuando todo comenzó, la madrugada se vino bastante clara, radiante, con un sol de redondez perfecta… hasta que atardeció… los primeros relámpagos que marcaban la diferencia con sus estallidos y luminosidad, algún presagio testimoniaban…", así se inicia una de las más queridas obras literarias leídas por mis estudiantes: "Yakuruna", del escritor sanmartinense Miuler Vásquez González. Novela que ha marcado experiencia vital en cada unos de los adolescentes que han disfrutado de sus páginas, al acercarlos y motivarlos para la lectura, en un inesperado raudal de emociones.

En cada comentario, crítica y hasta cuestionamiento que ha surgido de esta apasionante lectura, encuentro un profundo cariño y valoración a los personajes míticos y de leyenda que cobran vida en la novela en la que aparecen fabulados con las características propias del imaginario colectivo que trata de explicar los misterios de sus orígenes ancestrales, pero que en la obra literaria adquieren una personalidad indiscutiblemente particular, concediéndoles su autor cualidades humanas que, a pesar de sus atemorizantes conductas, nos posibilitan encontrar en ellos rasgos de curiosidad, tristeza y hasta ternura. 

Las preguntas surgen a borbotones, una tras otra, sin dejar sosiego, y es que los escenarios, tiempos y personajes intrigan, incitan a la búsqueda de respuestas: ¿Por qué el autor cuenta al inicio de la obra la historia del pueblo que pretende escapar de un destino fatal? ¿Qué lo motivó a escenificar la colosal batalla entre la yakumama y el astado de oro? ¿Por qué el "nuevo" yakuruna se transforma cuando quiere, por qué no es hombre solo de noche, qué poderes especiales lo han vuelto así?... La curiosidad de los adolescentes ha ido más allá de la novela, se ha desbordado hasta la mente e intenciones de su creador. 

A modo de ensayo propiciamos el debate de opiniones que intentan responder a las observaciones: La huida del pueblo es una metáfora al poder de la naturaleza sobre el hombre, de la descomunal fuerza que impone y a la que no se puede retraer. En cuanto a la pelea entre la boa madre y el astado, los estudiantes, con total efervescencia dejan fluir sus sentimientos de admiración y hasta sobrecogimiento al expresar sus pareceres: La yakumama, "madre de las aguas", gigantesca boa-deidad que "domina el clima, las lluvias y el caudal de los ríos", aparece luchando hasta vencer porque era necesario que la cosmovisión del hombre selvático estuviera manifiesta en un hermosa alegoría que muestra a un ente protector que predomina sobre lo perverso. 

De principio a fin, los personajes de la novela han sido auscultados por los emocionados lectores. Está claro para ellos que estos seres de leyenda que han sido visionados por la imaginación popular de una manera, van adquiriendo caracteres particularmente humanos y protagonismos diversos: el chullachaki, la yara, el paucar, la chikwa, el tunchi, el maligno, el yanapuma, el renaco, la lupuna. Algunos, consideran, son solamente parte de la historia por el escenario en que se desenvuelven, pero otros, interactúan con vida propia y con características alejadas de las que el colectivo y los relatos ancestrales les concedieron. Hombres, mujeres y niños también tienen un protagonismo expectante: el ayudante, la mujer arrepentida, su hijo; todos ellos girando alrededor del personaje principal: el yakuruna, "hombre del agua", convertido en este extraordinario ser por una acción violenta y repulsiva de venganza e irracional deseo de inmortalidad; quien, en los diferentes tiempos en los que interviene, es el cazador en su juventud o el viejo sabio que relata los tristes e ignominiosos sucesos de su extensa e indescifrable edad, los que han sido ambientados y relatados fantásticamente por su autor. Su tétrica transformación de hombre en yakuruna ha motivado reflexiones profundas sobre lo difícil que es mantenerse en la línea de la no violencia, del dominio del carácter y la autodisciplina para no ceder a los "demonios internos", como los que motivaron los crímenes del yakuruna.  

Dos hechos poco explícitos, escritos a propósito por su creador con la finalidad de propiciar la ambigüedad, madre de la polémica, dieron lugar al más encendido cruce de opiniones. Uno: En un pasaje de la historia, el cazador se encuentra con la yara, la sirena de los ríos, y en una rápida reacción la atrapa pero es llevado con ella hacia las profundidades del agua, donde en un arrebato de lujuria la empieza a besar y a acariciar. Queda la duda de si tiene intimidad con ella o no. "¿Cómo lo haría?", preguntaron. Todavía siento el golpe de la interrogación y recuerdo el rubor de algunas mejillas. Dos: El cazador, después de haber rescatado al atrapado yakuruna de entre las rocas del río, es recompensado con abundante pesca bajo juramento de no revelárselo a nadie. Pero poco después tiene una atroz pesadilla en donde se siente violentado por el primigenio hombre del agua. La crisis de respuestas "correctas" a esta interrogante se dio cuando cada uno interpretó el párrafo correspondiente. Unos dijeron que solo era un sueño, que no cabían los hechos en la realidad. Otros manifestaron que el yakuruna se estaba cobrando el obsequio de la pesca, porque él, como ser malévolo, no entregaba nada por generosidad. El propósito anhelado de alcanzar niveles de crítica y debate se ha logrado con la participación activa de los estudiantes. Esta obra literaria, inmersa en la seleccionada programación de lectura de autores sanmartinenses para el plan lector de mi colegio, ha sido "saboreada" placenteramente por la fabulosa imaginación de los estudiantes, sin duda. 

Las miradas expectantes, las sonrisas ansiosas, el sinnúmero de preguntas lanzadas al autor durante la tertulia del mes han sido más que suficientes para regocijar nuestros corazones de maestros y arrancarnos también sonrisas de satisfacción porque creemos que la lectura es cuestión de sensaciones, de sentimientos arrancados a través de las páginas de un libro. Y cuando nuevamente tengamos que animar a la lectura, con mucha emoción empezaremos a leer: "Era grande, feo, peludo, con afiladas garras y dientes enormes... Yo supe que era un yakuruna…". //

Escribe: Connie Philipps

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