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jueves, 27 de septiembre de 2012

Tardes de gloria


Autores: Luis Alberto Vásquez Vásquez / Alberto Ríos Ramírez

Vivir nuestra infancia en la selva, en medio del sol anaranjado y el verdor de la montaña, con el olor de la guayaba y la frescura del atardecer a la orilla del río Mayo, en la añeja ciudad de Moyobamba, ha sido un privilegio que la vida nos regaló.

Caminar por sus callecitas angostas y soñar con las muchachas más bonitas, con la música maravillosa de esos años, es parte de la magia que se instaló en nuestros corazones para siempre.

Y si a ello le agregamos  las tardes felices de nuestra infancia en el santuario del campo 28 de julio y después en el estadio de Moyobamba, para disfrutar de la pasión por el fútbol y los toques de genialidad de tantos futbolistas extraordinarios que se han quedado grabados en nuestra alma, es simplemente el sueño que nos cambió la vida para siempre.

Desde esa mirada de muchachos, que jugábamos además en los barrancos a ser pistoleros del oeste,  hemos escrito estas crónicas de los equipos que llenaron de felicidad esos espacios de nuestras vidas, de la mano de nuestros viejos, que también nos llevaban a ver los partidos en otras ciudades como Saposoa, Lamas, Tarapoto, Juanjui y Rioja y contagiarnos de la felicidad de otros niños que vivían a las orillas de los ríos misteriosos de la Amazonía.

Aquí están entonces esos recuerdos, que laten y que nos emocionan hasta hoy, cuando vamos con nuestros hijos al estadio para respirar esa felicidad, porque como nos cuenta el escritor uruguayo Eduardo Galeano en su libro "El fútbol a sol y sombra", que un periodista le preguntó a la teóloga alemana Dorothee Sölle: ¿Cómo explicaría usted a un niño lo que es la felicidad? No se lo explicaría –respondió- le tiraría una pelota para que jugara.

Agradecemos al fútbol que se jugó en San Martín, en la selva de Perú, porque nos hizo sensibles ante la belleza de la vida, porque nos hizo comprender el arte, la poesía y nos enseñó a ser mejores seres humanos.

(Los autores)

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