jueves, julio 19, 2012

Mínimus y yo

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Debo admitir que hoy, Mínimus, el otro a quien prefiero no mencionar, ha detenido mis sueños y los ha postergado por tiempo indeterminado. Lo vi llegar esta tarde, con su envoltijo de cosas, tan cabizbajo y torpe.
―¿Vienes decidido? ―le pregunté.
―De donde yo vengo, no existen las decisiones ―me habló, preocupado.
―¿Te quedarás?
―Me quedaré, sí. Construiré un hogar bajo tu cama, en el rincón más oscuro.
―¡Junto a mis zapatos no!
―Debajo, te dije.

Traté de ignorarlo, pero sus lágrimas estaban inundando mi piso. “Pobre”, me dije, “debo evitar este suplicio”. Me conmovió verlo así: es que un piso lleno de lágrimas es una verdadera tragedia, me consta. Además, era el espacio que albergaba a mis zapatos, cómo no conmoverme. De inmediato, a través de mis puños, quise extender mis malos ánimos sobre la barriga de Mínimus, solo que, en verdad, se estaba empequeñeciendo, y más que cólera, me dio mucha risa.
―Te vas a ahogar en tus lágrimas: es lo que puedo deducir de tu futuro ―le advertí, conteniendo una carcajada.
―Al contrario ―me calló―, mi lugar de vida está en toda profundidad.
―Se te va la vida, por lo visto.
―Es cierto, pero aún me queda el tiempo detenido que no usé, los sueños postergados que me mostraste, y ese soplo vital que te mantiene vivo.

No supe qué decir, únicamente empecé a reír, como loco. De pronto, también mis lágrimas empezaron a verterse, en chorros.

Fueros varios minutos de silencio y oscuridad. Me dije: ya nunca abriré los ojos, los mantendré cerrados por siempre… Ahí mismo me puse a recordar, vi a Mínimus bastante joven y delgado, detenido al frente de un arbusto lleno de flores amarillas; junto a él, su hermana menor, corría de un lado a otro, contenta, irradiando esa felicidad inocente que suelen tener los infantes. Mínimus no lo soportó: apagó esa alegría con agresiones. Seguí recordando. Era una tarde calurosa de un día lunes. Mínimus había decidido no tolerar más los insultos de sus compañeros de escuela, a quienes los detestaba con verdadera franqueza, desde siempre. Al principio no se atrevió a responder a los agravios, por temor a sus disminuidas fuerzas; sin embargo, hubo un muchacho raquítico que se atrevió a molestarle. A él lo eligió, contra ese endeble muchachito sería su venganza: orientando sus puños y todo su resentimiento, con verdadera sagacidad, buscó al fin ese rostro tan propicio para ser golpeado. Pero su avance fue detenido por una ráfaga de patadas y puñetes muy bien distribuidos, ¡una y otra vez! Y Mínimus, derrotado, tras llorar avergonzado frente a todo el mundo, se fue corriendo a casa con la intención de no regresar nunca más. Otras escenas se cruzaron por mi mente. Ahí estaba Mínimus recorriendo una calle poco transitada; con él, iba una mujer de su edad, bastante atractiva. Al llegar a una esquina se toman de las manos, se dan un beso, él le dice algo al oído, ella sonríe…, luego él, le comunica con seriedad que no más, que ya no volverían a verse. Ella se sorprende, algo quiere decirle pero no articula palabra; enseguida se da la vuelta y empieza a irse. Mínimus entonces, al verla partir, intenta disculparse por la broma que acaba de hacerle, solo que no tiene el valor, le cuesta mucho. ¡Ni imagina que no la volverá a ver más y que la recordará por siempre, con amor!...

Y algunas escenas más recordé, incluyendo aquellas que tuvieron relación con mis excesos de soberbia. Era yo hablando con diplomacia, o era el otro que gritaba incoherencias con ironía, o era él, pequeño, avergonzado, tímido, mudo… Para cuando mis ojos se abrieron sin pensarlo, Mínimus había desaparecido, o, probablemente, inapreciable debido a su encogimiento, me observaba desde un espacio al que mis ojos no distinguían. Su envoltijo de cosas, en cambio, reposaba intacto sobre mi cama, en un extremo. De inmediato lo abrí, esperando encontrar alguna novedad que me obligase a cambiar de aspecto, porque ya casi empezaba a encogerme también. Y lo que sucedió en los siguientes segundos, lejos de reanimarme, ha cambiado mis ánimos. Es decir, desde que todo ese vapor lleno de pesimismo, fracasos y frustraciones, que finalmente fue lo único que encontré en el envoltijo de Mínimus, se introdujo en mis entrañas luego de que lo revisara, ahora mis sueños están postergados.

Máximus, el otro a quien le ocurren las cosas, no se apareció hoy. Tal vez no regrese por un buen tiempo, por lo menos no hasta que me desintoxique totalmente de este vapor malsano. Y yo, aquí debo quedarme algunos siglos, junto a mis zapatos, ¡al lado de ellos!, ¡no puestos!: si me los pongo, pienso, a lo mejor aplasto a Mínimus.

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