jueves, julio 12, 2012

El pedestal de los dioses de nieve

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Los hombrecitos de nieve, esos seres mitológicos que encantan y aluden a la perfección con cada respiro, han enarbolado sus pretensiones en un pedestal inestable que ahora todos los sanmartinenses pueden sentir y ver. Con esa blancura sarrosa que los caracteriza, los veo moverse de un lado a otro en ese empíreo orgánico de siempre, tan…, digamos, peculiarmente oloroso.

Uno de ellos, con la cabeza un tanto calva, orondo de cuerpo y de escabrosos dientes, le extiende la mano a quien parece ser el supremo guía del grupo: un hombrecito escuálido de insuperable oído musical. Entonces ambos se miran a los ojos, caminan sobre una plataforma rosa de ese mundo tan adelantado a nuestra época, sonríen, se les nota la ansiedad en la saliva que va cayendo al suelo de a pocos conforme van juntando sus labios…

Yo los observo, nada más, mi condición de humano no me permite acercarme a ellos; pero mejor, porque no entiendo esas extrañas conductas de estos dioses blancos, ni tampoco, la verdad, me siento preparado para recibir esas emanaciones divinas, no fuera que se me impregne ese olor que, con la indulgencia de estos seres de inconmensurable perfección y el riesgo de ser un hereje que no ha de ser perdonado nunca, me sabe a excremento. Y no pues, yo no quiero andar anclado a ese olor, por nada del mundo. Tampoco deseo adelantarme a mi época, no, preferible busco un rincón en mi modesto mundo, donde aún existen las familias normales, con padres y sus esposas.

Pretendo alejarme con prontitud, no obstante, el pedestal que sostiene las blancas pretensiones de estos hombrecitos, para desgracia de los mortales sanmartinenses, amenaza con venirse abajo. Se puede ver muchas hazañas inconclusas flotando en el aire, por ejemplo: se ve una estatua de nieve portando seis libros entre sus ambas manos; se ve, unos fantasmas de humo blanco que permanecen inmóviles sobre una plataforma de (¿nieve, nube?), arrodillados a la espera quizás de alguna orden suprema; ahí mismo, sin entrar en mayores detalles, lo que más resalta en medio de un sinnúmero de objetos inanimados y deformes, es una especie de corazón invertido, en cuya intersección hay un enorme agujero por el cual ese olor divino que no me gusta, se vierte en grandes cantidades. Máximus, el otro, que siempre estuvo a mi lado sin decir nada, al fin me da su apreciación al respecto. Me dice: “La estatua es una representación del personaje principal de una parodia moderna que trata sobre cómo debe hacerse cultura en un país llamado Perú, y los libros, son objetos contundentes dadores de placer. Placer carnal, por supuesto. Los fantasmas, en cambio, son ese conjunto de aspirantes que pretenden ser como esos seres andróginos que vimos cogerse de las manos hace un rato; si lo habrás notado, estos espectros blanquecinos, pese a estar siempre mirando el suelo, tienen un propósito: besar ese corazón invertido que en realidad no es lo que parece ser”. Máximus baja la voz y me dice al oído: “si te fijas bien, encontrarás un enorme trasero desnudo destilando mentiras”.

Intuyo lo que me dice Máximus, solo que callo. Los fantasmas sí me intrigan: besan el suelo y ese corazón invertido. Lo veo con claridad; sin embargo, si miro bien, veo en las otras figuras inanimadas, innumerables sueños truncados. Ahora comprendo la postura de estos fantasmas: lo que les toca soportar, lo asumen sin evasivas para no petrificarse con la cordura, buscando ese futuro blanco que ha de hacerles notar en la tan esquiva trascendencia.

“Prefiero sucumbir en mis principios pero limpio, que vivir para la postre arrodillado y besando culos”, sentencia Máximus con energía, sin mirarme. Por una obligación moral, me aparto con él. Pienso, mientras avanzo: "cuando el pedestal de estos dioses de nieve se deslice al vacío, ha de ensuciarnos, verdaderamente".

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1 Opiniones a El pedestal de los dioses de nieve

johann andré
08:28

papa esta muy interesante el pedestal de los dioses de nieve

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