lunes, diciembre 12, 2011

La dueña del muerto - Dahpne Viena

Categories: Cuentos, Daphne Viena Oliveira

Dahpne Viena Oliveira. Lic. en Ciencias de la Educación y Humanidades, especialidad de Lengua y Literatura, Magíster en Gerencia Educativa estratégica. Actriz, directora de teatro, y cantante. Docente universitaria y jefe del Departamento de la facultad de Educación de la UNSM. Ha publicado en el compilado poético y narrativo "REZISTENCIA", 2009. Así mismo, en el cuaderno didáctico temáticos "Más allá de la Vida y la Muerte" César Vallejo- Plan Lector -2011.



LA DUEÑA DEL MUERTO

Eran las tres de la mañana, cuando sonó la alarma del despertador, hora en que Julián se acababa de enterar de que su padre había fallecido a causa de un paro cardiaco. Doña Sofía, la empleada de la casa, le encontró bocabajo en su cama, con las manos extendidas hacia atrás. El pobre no tuvo tiempo ni para voltearse.

—Es que la guadaña, espera por ti y si te encuentra ya no te perdona, como estés te agarra nomás —comentaba angustiada la mujer.

Julián, incrédulo, se levantó de la cama, buscó a su madre para pedirle explicación sobre lo que había escuchado. Ella no estaba. El cuarto tenía la luz prendida, doña Rosita debió de salir a llamar a los vecinos, quienes en momentos como esos, muy solícitos, acuden en apoyo de los que lo necesitan. En aquel momento el joven sintió que su sangre fluía con mayor rapidez, se estremeció, pero con gran impulso llegó hasta la puerta de la pequeña habitación en el que su padre yacía con los ojos abiertos, sin movimiento alguno.

Despacio se acercó hacia el lecho. De sus ojos, enrojecidos por el sueño, empezaron a caer gruesas lágrimas. No podía contenerse. Sacudió al patriarca y entre sollozos le dijo:

—Papá, levántate,.., despiértate por favor…, todavía no terminaste de contarme la última versión de las “Aventuras de Don quijote”… es injusto que te vayas tan pronto… apenas nos estábamos reconociendo, por favor no nos dejes.

Después de tanta súplica y aceptando lo ocurrido, enjugó sus lágrimas con un extremo de la sábana en el que dormía eternamente el infortunado.

Hacía muchos años que Julián no veía a sus padres juntos. Dos años tenía cuando se quedaron solos. Fue tanto el tiempo de separación, que al comienzo le costó aceptar verlos cerca nuevamente, digo esto, porque, el joven, con el rabillo del ojo observaba todos los movimientos del llegado en momentos en que se acercaba a su madre. Algunas veces se sentía extremadamente desconfiado del cumplimiento de tantas promesas que el hombre hizo para convencer a su progenitora.

Conforme fueron pasando los días, don Manuel, fue ganando la confianza de su hijo. Todas las noches los dos se pasaban conversando sobre “las aventuras del joven Manuel”, así titulaba a esos relatos; algunas de ellas parecían sacadas del cofre de los grandes inventos fantásticos, sin embargo, decía que todo lo contado era producto de su experiencia en el pasado. Innegablemente las dudas no se hacían esperar; empero, las fechas, los nombres de sus personajes, la ciudades donde ocurrían esos acontecimientos coincidían con el nombre de los pueblos o ciudades de la selva, espacios en el que siempre ocurrían los hechos, qué decir de la lógica de los sucesos, eran realmente sorprendentes; por ejemplo, aquella historia de dos amigos, quienes, por el cansancio, se quedaron dormidos en la playa, en el canto del río y que al despertarse, sorpresivamente una “bufea” estaba recostada en cubito dorsal, frente a ellos, esperando, ser apareada posiblemente, por algún otro animal. Los jóvenes al ver este cuadro, después de darse una mirada cómplice, recordaron algunas versiones populares, así que viéndose solos decidieron, poner en práctica a una de ellas. Rápidamente sacaron su pantalón, porque calzoncillo no tenían, y de uno en uno, Manuel y su amigo se subieron encima de la bufeita para poseerla. Ella no se negó, muy por el contrario, durante el acto se jadeaba de placer, emanando gritos agudos, pero muy bajitos, similar al que se propinarían una pareja de cerditos en el momento de su apareamiento, con la diferencia de que los alaridos de la delfín eran más suaves. Una vez satisfecha su curiosidad, concluido el acto, cruel fue la sorpresa de los muchachos, pues se dieron cuenta de que la pobrecita se había quedado muerta.

Asustados por lo ocurrido, sintiéndose culpables quisieron huir; pero su curiosidad y la osadía fue mucho más grande que les impulsó a comprobar la otra parte de la versión, la misma que consistía en cortarle el contorno de la vagina para luego colgarlo en el brazo como un brazalete, debajo de una de las mangas de la camisa, de esa manera constatarían si es verdad que cualquier mujer bonita caería rendida ante los encantos varoniles, por supuesto, ellos, según decía el aventurero Manuel, así lo hicieron y anduvieron, por mucho tiempo con la liga que hicieran de la vagina de la bufea, por todos los pueblos de la selva, conquistando a las damas más hermosas quienes, efectivamente, no se resistían a sus encantos, sobre todo de don Manuel.

Contando historias tras historias se pasaban horas conversando, tomando cafecito de olla acompañado de pan rosca que vendían en la bodega de doña Miriam; no se sabe si por eso, otros jóvenes, amigos de Julián, siempre le visitaban por las noches o quizá para escuchar esas espectaculares aventuras que el anciano no se cansaba de narrarlas cuantas veces le era posible. Una escalofriante fue aquella, que sucedió en una noche oscura de lluvia, truenos y relámpagos, mientras toda su familia ya se encontraba debajo del mosquitero, conversando de cualquier tema y cuando ya se iban a quedar dormidos, un maligno despistado fue a silbar ¡finnn!… alrededor de la casa de su madre, al oír ese sonido, el muy palomillo Manuel lo imitó con otro ¡finnn!… Apenas había terminado su osada intervención, esta vez, más cerca a la casa, volvía a sonar ¡Finnn!... Para no hacer notar su miedo, en un acto de intrepidez, corajudo, se puso de pie, agarrando su escopeta, que le servía para cazar, se escondió tras la puerta del tambo en posición de espera del tercer silbido para poder balear al maligno. En cuanto éste sonó, el valeroso hombre, hizo el disparo; entonces, el alma en pena, sin esperar un segundo más, sumamente asustado, según él, corrió por el monte silbando cuantiosas veces hasta desaparecer en la oscura noche de la selva frondosa. ¡Finnn!…, ¡Finnn!…, ¡Finnn!….

— ¿Cómo pues viejo te has ido para siempre si recién te empezaba a conocer? —preguntaba el joven muy desconsolado mirando al cielo.

De pronto, para la sorpresa de todos, una mujer con la barriga prominente, cabello largo, encrespado, boquita pequeña, muy oronda, con un sobre de manila en la mano, acompañada de un hombre bajito con cara de niño asustado, llegó a la casa donde se velaban los restos de don Manuel, a la par que decía:

— ¡Yo soy la viuda!, ¡yo soy la viuda!, ¡A mí me corresponde la herencia!, ¡Yo soy la única! —declaraba en voz alta.

Al escuchar estos gritos, los invitados al velatorio, mirándola con asombro, empezaron a murmurar, creando la atmósfera del zumbido de zancudos en toda la sala, hasta que, a una sola voz, se logró escuchar: “¿Y esta quién ya es?”

Algunos preguntaban, otros contestaban. Dos señoras de avanzada edad, que al parecer eran contemporáneas del viejo Manuel conversaban amenamente sin percatarse que Julián se encontraba de espaldas a ellas.

—Dicen que don Manuel… era un mujeriego… más de sesenta hijos ha tenido.

—Este hijo es el ultimito que ha podido hacer… cansado de andar con tantas mujeres, ya ha venido a buscarle a la pobre Rosita.

— ¿Para qué?… para que venga a morir aquí y sin un centavo ¿Qué herencia ya pues reclama esa mujer? —decía una de ellas.

—Ay no vecina, toda cosa nomás se sabe de este finadito, ahora ya vuelta se presenta disque su esposa; pero nunca se supo que era casado…

—Ya vuelta vecina —, dice la otra, ¿acaso te van a invitar? Estos hombres son terribles vecina.

Julián al oír la conversación de las dos ancianas se desconcertó unos segundos, luego sintió ira; pero se contuvo. Para no ser descortés y aclarar sus dudas decidió recibir a la señora que decía ser la esposa del difunto.

—Pase señora.

Después de verificar los documentos que la supuesta esposa llevaba en el sobre de manila, Julián dijo:

—Está bien, usted es la esposa… pero y este señor ¿quién es? —preguntó por el hombre bajito. Ella contestó:

—Él es mi marido, con quien tengo dos hijos y… eso a usted no le importa.

Sin pensarlo dos veces, Julián replicó:

—Está bien señora, legalmente usted es la esposa, llévese a su difunto que entre dos con su maridito le podrán velar y enterrar,... ¡lléveselo ahora! Ya que este muerto no me pertenece.
La mujer preocupada por el gran compromiso que significaba todo el ritual atinó a decir muy grosera:
— ¡Ay no joven, a mi no me importa el viejo, yo solo quiero la herencia!

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