domingo, febrero 27, 2011

EL JUMPE: Darío Vásquez Saldaña

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Darío Vásquez Saldaña nació en Piscoyacu (Huallaga), San Martín. En 1988 obtuvo una Mención Honrosa en el Primer Concruso Internacional de Cuento "José María Arguedas", en París-Francia, por su trabajo "Confesiones de un caballo y otros relatos amazónicos", que fue publicado en el 2004. En el 2007, publicó "Nuevos relatos amazónicos", y en el año 2010 ganó el concurso "Nuestra Palabra" con su trabajo "El tunchi enamorado", pronto a reeditarse





Título: El Jumpe
Autor: Darío Vásquez Saldaña

Cirilo Mandujano Jurado se llamaba mi viejito. Él falleció hace quince días cuando cargaba sobre la espalda sus buenos setenta años, pero no como consecuencia de la neumoconiosis, enfermedad que le diagnosticaron treinta años atrás, sino de una fulminante embolia pulmonar.

Treinta años atrás (repito la data recordándola como una de esas fechas que sólo con la muerte uno se olvida), en el hospital de La Oroya, le dijeron que le quedaban tres meses de vida. Mi mamá, Estelita Vivanco, quien no daba crédito a ese diagnóstico, que más parecía una sentencia de muerte, le dijo a mi padre “mañana mismo nos iremos a Lima; en el Hospital Obrero nos dirán la verdad de tu enfermedad”. Pero en ese hospital el diagnóstico fue peor; después de verificar las placas radiográficas y los diversos análisis que le pidieron, el doctor llamó a mi madre para decirle: “La familia debe estar preparada para lo peor. Con la ayuda de Dios, don Cirilo, podrá soportar todavía unos dos meses más su enfermedad, mientras tanto denle sus antojitos para que espere la muerte en paz”.

¡Así de sinceros son ahora los médicos!


Debía yo tener unos ocho o nueve años, cuando estudiaba la primaria en la Escuela No. 504 de la mina Huarón. Bachi Quintana se llamaba mi profesor. Todas las mañanas le veía desaparecer a mi padre en las fauces del boquerón con su capote amarillo, sus pantalones de jebe y sus botas largas. Mi madre recordaba: “eran épocas de penas y sufrimientos”.

Debido a la destacada capacidad física y mental de mi padre y a su sólida experiencia como minero (antes de llegar a este yacimiento había trabajado en los socavones de San Genaro, Reliquias, Maldonado y Recuperada), el Superintendente, un ingeniero francés de apellido Magniaval, le propuso llevarlo a trabajar en su país. Cuando mi madre supo del ofrecimiento, juntando sus manitas se puso a llorar, “tú vete solo, Chille —le dijo a mi padre—. Yo soy hija única y si me voy, nunca más volveré a verla a mi mamá”. Mi padre renunció a la invitación. Muy pronto fue promovido, como sub-capitán de minas con una considerable mejora salarial, al túnel Paúl Nevajans de la mina Caudalosa Grande. Una inundación de lodo y piedras ocurrida en el interior del túnel estuvo a punto de sepultarlo; gracias a su pericia pudo salvarse a tiempo.

Por esa época, junto con mis hermanos mayores Bernardo y Domingo, teníamos la costumbre de ir a bañarnos y pescar bagres, truchas y ranas en el río Azul, así se le llamaba antes al río Mantaro, porque era limpio y azulito; pero hay que verlo ahora, qué es lo que hicieron los relaves mineros de este hermoso río. Cuando mis hermanos fallecieron en un fatal accidente, me quedé solo, tuve mucha pena por ellos; desde entonces dejé de ir a bañarme y a pescar en el río.

Toda su vida de minero mi padre había trabajado en las cuevas, porque conocía muy bien el corazón de las montañas y, además, porque la remuneración era mayor, pero el contacto permanente con el polvo de los minerales, al parecer, le estaba pasando la factura: tosía con persistencia, tenía unos dolores a la espalda, muy seguidos, había bajado considerablemente de peso y hasta el color de su rostro se le puso más cetrino. Pero tan pronto sentía cierta mejoría se regresaba de nuevo a las galerías. Mi madre también ayudaba en la economía del hogar, daba pensión a los obreros de la mina. Hasta que ese mes de diciembre que yo culminaba la primaria, le comunicaron que su esposo se encontraba en la sala de emergencia del hospital de La Oroya. Lo habían sacado del túnel con fuertes dolores en la espalda y el estómago, y complicaciones con la respiración. Estuvo internado varios días a cargo del doctor Choroco Cervantes, y fue él quien le comunicó eso de los tres meses de vida, por tener mi padre muy avanzado la neumoconiosis, la mortal enfermedad de los mineros.

Cuando regresamos de Lima comprendimos la magnitud de la desgracia: mi padre estaba desahuciado. Toda la familia se alarmó, los amigos y el vecindario también nos expresaron su preocupación y su solidaridad. Él acudió al sindicato para que le gestionara todos sus beneficios laborales, es que se cansaba mucho cuando tenía que recorrer por las diferentes oficinas para exigir personalmente sus derechos pensionarios. Para qué, no se demoraron en otorgarle su compensatoria; fue una considerable cantidad de dinero. Entonces alcancé a vislumbrar la magnitud de su desprendimiento y la generosidad de su espíritu previsor, “Estelita —le dijo a mi madre—, tú bien sabes que no espero mucho tiempo de vida, por lo tanto ya nada deseo para mí. Con todo este dinero pondremos una tienda en nuestro pueblo; con las ganancias podrás vivir con holgura el resto de tu vida y darle una buena profesión a este chiuchi(1) (lo decía por mí).

En el local comunal de la plaza de armas de Muquiyauyo se instaló la gran tienda, surtida de muchísimos productos. Con el correr del tiempo mi madre hubo de contratar a dos dependientes para darse abasto en la atención del negocio, es que la buena administración de mi viejita la hizo crecer enormemente.

Las primeras semanas, después que lo desahuciaron a mi viejo, fueron de mucha preocupación y tristeza para mi madre. Se alejaba sólo el tiempo necesario de su lado; ella pensaba que en el momento menos esperado podría estirar la pata por la maldita neumoconiosis, hasta que un bendito sábado, día de feria en nuestra comunidad, llegó de la puna su compadre Goyo (era mi padrino de bautismo), como siempre, trayendo carne fresca de carnero, chalona y charqui de toda clase de animales; ahí le contó que mi padre ya no tenía cura, que el jumpe(2) le estaba consumiendo los pulmones.

—No te preocupes, comadrita —le dijo, infundiéndole mucho ánimo y convicción a sus palabras—, yo tengo remedio para curar el jumpe. El próximo sábado te lo voy a traer.

—Gracias, muchas gracias, compadrito —le respondió mi madre con cierta incredulidad.

Pero igual siguió preocupada pensando en qué consistiría ese remedio del cual ni los médicos tenían aun conocimiento. No quiso comentarle nada a mi padre por no darle ninguna falsa esperanza, un enfermo incurable es siempre proclive a creer en cualquier pócima milagrosa.

Llegó el siguiente sábado y mi padrino Goyo también. Trajo el remedio envuelto y amarradito en un mantelito. Mi madre no pudo resistirse a la curiosidad.

—¿Qué cosa es compadrito? —le preguntó.

—Por ahora no voy a poder decirte, comadrita —contestó—, es pues secretito, pero ya te vas a dar cuenta cuando surta sus efectos. Esto lo vas a preparar como al adobo arequipeño, comadrita, con bastante cebolla y bien cocido en chichita de jora, o también lo puedes preparar como lomito saltado, que es el potaje que tanto le encanta a mi compadrito; pero es mejor que no se dé cuenta que le estás dando remedio a mi compadre, de repente le vaya a tomar asco. Este medicamento lo sanará, téngalo por seguro, comadrita; ya verás cuando mi compadre se ponga como un toro de lidia.

Mi viejita pensó que su compadre le decía todas estas cosas para levantarle la moral. Desde entonces, cada sábado, puntualmente, mi padrino venía con la medicina.

Cuando llegó el tercer mes mi viejita se pasaba cruzando los dedos y persignándose para que no se cumpliera el vaticinio del doctor Choroco. Ninguna adversidad habría de perturbar su fe en que su marido recuperaría la salud. Los hermanos de mi padre también lo visitaban con regularidad cada fin de semana, “lo importante es que no empeora —decían—, sólo queda esperar, de repente por ahí se nos cae un milagro y tendremos Chille para rato”. Y así pasaron tres meses más, un año, y otro año más, y mi padre se veía (lento pero seguro) cada vez mejor. Al mismo ritmo transcurrió el tercer año y mi padrino, fiel a su promesa, seguía trayéndole el envueltito sin huesos, negándose a recibir a cambio un solo centavo. “Hoy día no me prepares el adobo —le dijo un sábado a mi madre—, quiero comer esa carne frita y con bastante papa frita”. Los filetes de carne, corte argentino, se veían dobles y jugosos. Comió un par de trozos, pero el churrasco estaba duro y correoso, por lo que le pidió dorarlo un poco más para poderlo digerir. Otro sábado en el mantelito vinieron unas rodajas dobles de carne; ese día mi padre paró las orejas; con el aceite caliente se contrajo la carne dejando un agujero visible al centro de cada bisté, entonces le preguntó a mi madre qué es lo que le estaba dando de comer, ella simplemente contestó que seguramente su compadre había fileteado la carne que tenía colgada en el gancho. “¡No! —dijo mi padre—, ahora ya me siento mejor, el próximo sábado es mi cumpleaños, invítale al compadre Goyo que venga a la casa, que quiero aclarar muchas cosas con él”.

Era cierto, para entonces mi viejo ya se veía estupendamente bien, debía estar sano tal vez: el ánimo, la vivacidad y el temple del curtido minero afloraron de nuevo en su rostro.

Después de entregar todos sus encargos mi padrino Goyo vino a visitarnos. Se quedó encantado de verlo saludable a su compadre Chille y se tomaron varias cervezas. “Hoy día vas a probar una rica pachamanca de mi carnero mutu(3), compadre —le dijo mi viejo—. Tú hiciste el milagro para sanarme…, bueno, eso es lo que creo y lo que siento, así que hoy te quedas para festejar el acontecimiento; pero antes quiero que me digas qué es lo que me has dado de tragar todo este tiempo”.

Mi padrino parecía eludir la respuesta, por el contrario, agarró una botella de cerveza y se la tomó de un solo tirón hasta la mitad.

—¿Es criadilla, no es cierto, compadrito? —insistió mi madre.

Pero mi padrino Goyo, por toda respuesta, agarró de nuevo la botella y se la tomó hasta vaciarla.

—Sí, es cierto, comadrita —contestó al fin—, pero muy pocas veces he traído la criadilla…

—Entonces qué carne es la que le traías a tu compadre.

—Ah, comadrita, me vas a perdonar por no habértelo dicho antes. Yo soy castrador de burros y caballos y vendo también charqui de pollino. Pero todo lo que te he traído hasta ahora ha sido la pistola del burro en filetes y rodajas.

—Pero en la puna no hay muchos burros, compadre —dijo mi madre, algo mortificada.

—No hay muchos, pero en el matadero de Huaychulo se encuentra al escoger, comadrita.

Mi viejo, que había estado atento a la revelación cambió de semblante por un instante, se levantó de su asiento tocándose la garganta, y de nuevo volvió a sentarse con una sonrisa en el rostro, “si no me sintiese sano, compadre, en este momento te arrearía una pateadura en el fundillo —le dijo mi padre—. Pero no te preocupes, cuando me desahuciaron, si me hubieran dicho que la cagada de mi mujer me iba a sanar, no habría dudado en devorármelo con el mayor gusto. Nada tengo que reprocharte, compadre, al fin, veneno que no mata engorda”.

—Si te revelaba el secreto desde un comienzo, no creo que te hubieras animado a tomar la medicina y jamás habrías recuperado la salud.

—Ya lo creo —respondió mi padre—, pero dónde aprendiste esa ciencia de que la verga del burro cura el jumpe.

—Ah, compadrito, esa es otra historia. Tú le conoces a mi hermano Pullpe, él fue minero como tú y salió también del socavón, desahuciado por lo del jumpe. Mi padre, que era matancero como yo, para no darle costillar ni churrasco, creyendo que pronto se iba a morir, lo alimentaba a punta de la tranca del burro. Después de comer diariamente sus sabrosos filetes, durante dos años consecutivos, quiso volver a la mina cuando se dio cuenta que estaba sano, entonces mi padre recién le dijo que la verga del burro era muy buena para curar la neumoconiosis. Mi hermano creo que tuvo mucha vergüenza y se mandó mudar a Lima; ahora es evangelista, sus hermanos le dijeron que si no se convertía a la religión el Señor no lo iba a perdonar por haberse comido el sable del diablo. Ahora, cómo es que la espada del burro derrota a la neumoconiosis, eso sí ya está fuera de mis entendederas, compadrito.

Nadie podía dudar de la recuperación total de mi padre. No volvió a comer su rico adobo, tampoco quiso visitar a ningún médico por temor de que volvieran a decirle que le quedaban otros tres meses de vida.


Cuando la alegaría y la satisfacción llegan a la casa, al parecer no vienen solas. Mi madre dio a luz, en el hospital de La Oroya, a mi último hermano (Llupe le pusieron de nombre), un robusto niño de cuatro kilos. Quien la atendió fue el doctor Choroco Cervantes, el médico que hacía cinco años atrás le había dicho a mi padre, que le quedaban sólo tres meses de vida.

—¿Qué? ¡Señora Estelita! ¿A su edad? ¿Usted se volvió a casar o acaso vive todavía don Chille?

—Está vivito y coleando, doctorcito Choroco —le contestó mi madre.

—Pero ¡por Dios, qué es lo que le has dado, cómo es que se ha curado! ¡Cuéntamelo por favor! —le decía el médico, abrazándola una y otra vez.

—Buena comida y nada más, doctorcito —le contestó mi viejita.

Quince días después que la dieron de alta, el doctor Cervantes vino muy temprano en su carro, a nuestra casa, para invitarlos a La Oroya. Él decía que mi mamá, por su edad, requería de un control más minucioso, pero la invitación fue más que todo para proponerle un chequeo “sin ningún compromiso” a mi padre. Ahí lo sometieron a una serie de pruebas de sangre y los pulmones, y desempolvaron su historia clínica para contrastarlo con los resultados de este día. El radiólogo con las placas en sus manos no podía ocultar su sorpresa, “no lo puedo creer —repetía—, los pulmones están limpios y las heridas están cicatrizadas”. Todos los médicos se reían de puro incrédulos, felicitándolo efusivamente a mi viejo.

—Bueno, amigo Chille —le dijo el doctor Choroco—, ¿puedes decirme el nombre de ese remedio secreto que te ha curado la neumoconiosis? Que yo sepa, hasta ahora nadie se ha curado de esa enfermedad.

Mi viejo no quiso contestarle, se limitó a decirle que era su esposa quien sabía el nombre del medicamento; “doctorcito Choroco —respondió ella—, con buena comida nomás y el aire puro de la comunidad se ha sanado, pues”.

—¿Y cuál es esa buena comida milagrosa que le ha dado, doña Estelita? —insistía el galeno.

—Eso sí no te lo puedo decir, doctorcito, porque es mala palabra —dijo mi madre, riéndose.

—Bueno, pues, señora Estelita…, amigo Chille…, me dejan con una espina muy grande.

El doctor Cervantes los embarcó de nuevo en su carro para regresarlos a Muquiyauyo, pero antes tenía que pasar por su casa para recoger su recetario; “por favor acompáñenme un momento a la casa”, les dijo cuando llegaron a la puerta; al ingresar encontraron la mesa servida con una suculenta pachamanca, su esposa y sus hijos lo esperaban para el almuerzo, era el santo del doctor. Al final de la comilona y con los afectos de los copetines, recién mi madre se animó a revelarle al doctor Choroco todos los detalles del cocimiento contra el jumpe.

Un año después llegó a la casa la señora Ubaldina Cueva, comadre de mi viejita, con el fin de que “le despejara algunas dudas”. Le contó que el doctor Choroco estaba haciendo buen negocio, en la mina Caudalosa Grande, con el remedio que curó a mi padre, aunque él lo estaba vendiendo en frascos de vidrio, pero en polvo. La gente llegó a enterarse de que el galeno compraba permanentemente todos los garrotes y criadillas de los toros, caballos y burros que se beneficiaban en los camales públicos y clandestinos de la zona, poniéndolos a secar después de convertirlos en charqui. Cuando el esposo de la señora Ubaldina (trabajador de la mina) se fue por un examen de rutina al consultorio del doctor Cervantes, éste le explicó que el producto que estaba experimentando “era una mixtura porfirizada de algas silvestres y corpúsculos fálicos de ciertos solípedos de la región, previamente torrefactadas al vacío”; pero como nadie entendía el galimatías, los mineros que mostraban algún síntoma del jumpe, estaban comprándolo creyendo que se trataba de alguna medicina importada.


Mientras tanto, yo fui a estudiar la secundaria y la Universidad en la ciudad de Huancayo. Nunca me faltó lo suficiente para costear mi pensión, mis trabajos y mis libros. Cuando recibí mi título de Ingeniero Civil recordé con mucha emoción las palabras de mi padre, cuando en los momentos más difíciles y de mayor incertidumbre, él pensó primero en asegurar mi educación, creyendo que no le quedaba mucho tiempo de vida.


Desde que se sintió bien, o mejor dicho desde que se sanó, mi padre se dedicó al cuidado y a la educación de su chiuchi Llupe; a mejorar sus tres huertas de tunales y alfalfares donde criaba también sus carneros; pero sobre todo a impulsar la organización y el trabajo comunal. Así pudieron construir canales de regadío, locales escolares, la hidroeléctrica “FEBO” y el agua potable de los distritos de Muqui, Huaripampa y Muquiyauyo.

En nuestra casa se instaló el primer surtidor de agua de la localidad, así pues, en un principio, teníamos que dejar la puerta abierta para que los pobladores puedan llevarse el agua a sus casas. Mi viejita, un día, dejó colgado en el corredor, el charqui de medio carnero; la gente se lo llevó dejándolos sin almuerzo varios días. Mi padre rechinaba los dientes de cólera, pero a la mañana siguiente se fue al camal a comprar la tranca de todos los burros que mataron ese día, hizo su charqui y lo puso a secar. Dos días después, la carne bien oreadita al sol, también se la llevaron. Mi viejo se puso a festejar a carcajadas esa burla y estuvo comentando toda la mañana, a todas las personas que llegaban a la tienda, el manjar que se habían comido los ladrones; “ojalá que no les crezcan las orejas y empiecen a rebuznar por ahí”, comentaba.

Todo aquel día mi viejito estuvo de muy buen humor. Había llegado el chiuchi Llupe, su engreído, para celebrar su título de médico; se había graduado a los veinticinco años de edad. Por la tarde estaba programada la revancha, la habitual pichanguita sabatina de los veteranos. “Oye Zacacho(4) —le dijo a su vecino Rolando— ponte ya el uniforme, que los aguerridos del Bielov nos están esperando, dice que quieren desquitarse de la paliza que les dimos el sábado pasado”. Se pusieron la chompa crema de la U, el club de sus amores, y se fueron a la cancha. A las cinco de la tarde regresó más alegre aún: había anotado el gol del triunfo. Antes de entrar a la ducha sacó una cerveza helada de la refrigeradora, se la tomó a pico y se recostó sobre el sofá. Nadie quiso molestarlo, pensando que por el cansancio se había quedado dormido.

A las seis y media, mi viejita llamó a mi hermano; “Llupe, hijo, la mesa ya está lista, avísale a tu papá que venga a cenar”. Ella le tenía servido su yacutimpu(5) con su machquita(6), que mucho le gustaba. Cuando mi hermano fue a levantarlo, su cuerpo tenía ya la frigidez de la muerte.

El día del entierro, todo el pueblo acompañó sus restos al cementerio. Una delegación de su sindicato también escoltaba el féretro.


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1) Chiuchi: apelativo con el que se llama a los niños en la sierra.
2) Jumpe: nombre con el que se designa a la neumoconiosis en los asientos mineros.
3) Mutu: carnero macho, semental.
4) Zacacho: Zacarías.
5)Yacutimpo: palabra quechua que significa agua hervida.
6) Machquita: diminutivo de machca: harina tostada de trigo, cebada, maíz, arveja o habas secas.

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